sábado, abril 20, 2013

Historias cruzadas, vidas cruzadas


 No sé por qué, pero las películas de historias cruzadas nos encantan. Quizás sea por esa sensación de superioridad intelectual que dejan en la mente del espectador: "¡Claro, y Fulanita es la que pasaba por allí cuando Zutanito conoció a Menganita!". Total, que nos encanta, como a todo niño, recomponer las piezas del puzzle. Nos sentimos listos, satisfechos y ordenados. Hay películas que parecen querer poner en orden el cosmos, y que, además, lo entendamos. Películas que quieren captar la grandeza de la vida humana, de la sociedad humana, en unos cuantos minutos de metraje. El otro día alguien me comentaba que los grandes pensadores de ahora son los cineastas, son quienes se plantean cuestiones de calado e intentan darles algún sentido a través de sus películas.

 Grandes cuestiones como la incomunicación y la responsabilidad de nuestros actos son motivo de quebraderos de cabeza. El director trata de dar sentido a unos cuantos conflictos tratando de ponerlos todos en orden en Babel. La película se asemeja a esos tableros con chinchetas y una bombilla que fabricábamos en el colegio. Si consigues conectar los dos puntos relacionados, la bombilla se ilumina y parece encender la zona de penumbras que se había formado en la mente del cineasta. ¿Cómo es posible que personas tan alejadas y tan distintas compartan un mismo problema, una misma angustia? La bombilla se ilumina y parece que de modo sencillo. La cultura, el país, el idioma... Todo se mezcla en esta grandiosa construcción que pretende alcanzar la sabiduría de Dios, comprender su lógica, para acabar hechos un lío. Pero Iñárritu quiere encender, por lo menos, una pequeña bombillita, que comprendamos algo sobre el hombre, sobre los hombres. 

 También Paul Haggis intenta poner en orden sus reflexiones sobre el racismo y la complejidad humana en Crash. Historias que se cruzan como siguiendo un esquema perfecto. Ningún cabo queda suelto, todo parece poner orden en el caos de libertades que pueblan la tierra. En la película todas las historias parecen seguir una dirección prefijada, se percibe cierta artificialidad que conduce a un cruce inevitable de los distintos personajes. Con un tono similar al de Babel, serio, lleno de silencios, cargado de tensión, el director crea una telaraña perfecta, demasiado perfecta para ser real. Aunque no en la misma película, Haggis también escribió el guión de las películas de Clint Eastwood Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima. Aunque en la película no hay juegos de malabares evidentes de personajes cuyos destinos se cruzan, si uno ve ambas películas crea esas relaciones de forma casual. Y es que las vidas de los soldados de los dos frentes se cruzaron, por casualidad, por destino o por providencia, pero seguían siendo extraños para los otros. Así como Iñárritu crea unos lazos que se cruzan de forma discreta o de forma casual, Haggis parece atar nudos guiado por el destino

 Al ver estas películas uno puede plantearse si habrá situaciones así en la propia vida. "Quizás en el pasado me crucé con esta persona a la que ahora debo tanto"...  Y así como en Crash uno llega a descubrir esos lazos, muchas veces nos quedaremos con la duda. Un destino que controla la vida del hombre parece forzado, pero si la fuerza que une personas es el azar estamos hablando de algo más cotidiano. Paul Thomas Anderson plantea una reflexión sobre el azar en Magnolia. El arranque de la película ya plantea esa eterna duda de "esto no puede pasar" que mantiene hasta el sorprendente final.

 Las historias que Anderson entrelaza en Magnolia ya estaban unidas desde el principio, por lo que no hay nada forzado (más o menos). Todos los personajes estaban ya relacionados aunque la historia nos empiece a contar la historia desde antes de su relación o en un momento en que esa unión había quedado aparcada. Es como si en vez de contar unas historias paralelas, el director hubiera cogido un grupo de personas y hubiera buscado a quienes tienen relación con ellos. 

 Aunque cruda (parece que las reflexiones sobre lo que une al hombre están muy unidas al dolor), mezcla todo tipo de sentimientos, ofreciendo una paleta de muy distintas reacciones frente al dolor o las situaciones incómodas. Los personajes, de manera orquestada, llegan a un mismo clímax en sus historias que se resuelve con un suceso desconcertante que consigue devolver a todos a la paz y la esperanza. Esa pregunta que la película plantea con los ejemplos que abren la cinta no es una duda de verosimilitud sino de asombro. ¿Puede esto pasar? no como en Crash donde el universo entero parece andar sobre la cuerda floja en un equilibro perfecto y armonioso, sino por la propia historia. No se pregunta por el manejo del guión, sino sobre el manejo del mundo y los caprichos del mismo. Y aunque el final saca al espectador del mundo que había configurado en su cabeza, solo podía haber ocurrido de esa manera. Una especie de deus ex machina que descoloca y llena de paz a los personajes, no por esa simple intervención, sino porque una vez ellos han solucionado sus conflictos ya solo les queda ver lo absurda que es esta vida y las sorpresas que depara. 




 Puede ser que quien vea estas películas, además de montar un puzzle dé un paso más y trate de encajar las piezas de la sociedad. Cada una de estas películas puede estar centrada en un aspecto concreto del hombre (la comunicación, el racismo, el perdón), pero también tratan sobre la sociedad. Cuando un individuo sufre, la sociedad, como un ente orgánico, lo siente, porque al final todos somos humanos, todos tenemos las mismas miserias y las mismas reacciones.


viernes, marzo 08, 2013

Blancanieves y la pizza de piña


 No me gusta la pizza con piña. No puedo entender ni siquiera el concepto. La pizza se supone que es una comida salada, italiana, con tomate, queso... Nunca he comprendido el toque exótico de la piña. No es que tenga nada contra esa fruta, ya que sola y como postre sí me gusta, sino que no me parece que su lugar sea una pizza. Además, se queda blanda y caliente. No me gustan las mezclas. Si algo tiene que ser salado, tiene que ser salado y si tiene que ser dulce, tiene que ser dulce. Y lo mismo pasa con el cine y la televisión: Si tiene que ser drama, que sea drama; si comedia, comedia. Ver una película en la que uno no distingue claramente el regusto final es como ese momento en que uno paladea el queso fundido y tropieza con los filamentos de la piña blandurria. 

En el momento, uno traga la pizza con entereza, no se va a poner a hacer disecciones, pero cuando se acaba el trozo y el único sabor que sigue ahí fijo es el de la piña... uno se replantea el momento en que decidió comer aquello. En otro momento hablaré sobre la sensación de sobremesa después de ver una película, pero básicamente mi teoría es que la calidad de una película a veces se descubre en la sobremesa, un tiempo después de haberla visto, y no nada más terminar el plato. 

Blancanieves de Pablo Berger comenzó como una pizza italiana de las de verdad, no una de las congeladas. Una película hecha en casa, con aceite virgen del Mediterráneo. Uno va saboreándola con gusto, olvidando que no ha sido sacada de un plástico con colorines. Las luces y sombras de la España castiza llenan la pantalla. El flamenco impregnaba cada imagen, cada plano casi sacado de una obra de Zurbarán. Pero vamos en orden. Nada más acomodarme en la butaca, traté de situarme: "Es una película en blanco y negro y muda. Trata de no compararla con The Artist... No es posterior, es solo más lenta porque es española y aquí nos tomamos las cosas con calma". He de reconocer que el efecto de las cortinas que se abren no acabó de convencerme, me impactó muchísimo más aquella sensación repentina que sentí con la película de Hazanavicius cuando descubrí el formato de pantalla por mí misma. Pero ese primer "chasco" desapareció enseguida. Bastaron un par de planos y aquella música que nada tiene que ver con la pianola del cine mudo. El gitaneo musical me desconcertó, pero la imagen tiene tantísima fuerza que lo armoniza a la perfección. Me sentía muy española, más que nunca. Y descubrí que aquella pizza era de base fina y con pimiento de la tierra. Hasta que encontré un pequeñísimo trozo de pizza. 



En medio de una película dramática, castiza, noble y taurina, encontré un pastiche rancio, de cómico forzado y burdo. La madrastra, el mal, la encarnación de todas las brujas de cuentos, de repente se convierte en un fantoche, una Catwoman sin gracia y sin atractivo. Un trozo de piña duro que desearía no haber encontrado ahí dentro. Pero pensé que se les había colado y que era un trozo menudo sin importancia. A medida que la película avanzaba encontré, sin embargo, otros trocitos de piña, de dátil, de pasas... 

Esa mezcla que encontré era más sutil, por no narrativa, sino estilística. Nos presentan una película de cine mudo como hacían los creadores de The Artist engañando un poco al espectador medio. Cine mudo con una única característica: es mudo. El resto de la parafernalia que acompaña a la copia del estilo de las primeras décadas del cine es más bien una mezcla de estilos e influencias. La fotografía de la película ha ganado el Goya, y no es para menos, pero supongo que no por su copia fidedigna del estilo del cine mudo, sino por su gran virtuosismo que podeis admirar en la página de Facebook del blog. En algunos momentos recuerda a las primerísimas obras cinematográficas, en otros momentos a los encuadres osados de Welles y los movimientos emocionantes de Hitchcock; las sombras de Bergman y las luces de Capra. Así que, quizás, esto ya no era piña, sino más bien el jamón, las anchoas y el bacon de la película. 

Resultado en sala: Pizza tropical. Resultado en sobremesa: Pizza de calidad con un tropezón accidental de piña. 



Actualización 28 de Mayo de 2013

Unos pocos días después de publicar esta entrada tomé pizza de piña, y, por supuesto, aparté la piña. Y al apartar la piña recordé a esa otra Blancanieves que también dejó de un lado la manzana para optar por la piña. Me refiero a la serie de la cadena americana ABC "Once upon a time". He de reconocer que la primera temporada me fascinó. Me gustó esa manera tan fresca de rescatar los cuentos infantiles y mezclarlos todo en una macedonia sabrosa. Las historias se mezclan sin problema, quizás le sobra un poco de azúcar, pero apela a esos recuerdos de infancia. Pero, como sucede con muchas series, cometieron un error: una vez la princesa hubo probado la manzana y su principe hubo roto el hechizo introdujeron la dichosa fruta tropical. La segunda temporada comenzó a mezclar los dos mundos y a mezclar personajes de cuentos más recientes o de otras fuentes no tan clásicas como los cuentos de los hermanos Grimm (un doctor Frankenstein se cuela en este mundo de cuentos con todo el descaro y una moderna Mulán, protectora de la Bella durmiente que no acaban de convencer a nadie). ¿Qué hubiera sido de la serie si hubiera finalizado con un final feliz en la primera temporada? En mi opinión hubiera sido un gran éxito. Entiendo que lo que da beneficio en ocasiones se convierte en una mina de oro o de polvo de hada, pero quizás podía haberse hecho manteniendo el espíritu de los dos mundos, el espíritu del bien y el mal separados por una manzana. El exceso de piña, el caos y la mezcla exótica acaba por empachar. Podéis encontrar también un álbum en Facebook sobre la serie.

jueves, octubre 25, 2012

Robert, aprende algo de Bruno



Querido Robert:
En realidad lo de dirigirme a ti como "querido" no sé si tiene mucho sentido. Sabes que te conocí cuando nada podía llevarme a llamarte así. Descubrí que cuando el miedo se consigue con un simple gesto de tipo duro, cuando el malo de la película es un tipo atractivo e inteligente, cuando no es necesario dar sustos para que el espectador grite; entonces estamos ante una gran película. Robert Mitchum, incluso tu nombre es una especie de encarnación del terror. No sé cómo lo haces, pero en tus películas consigues controlar la mente de los espectadores. Cape Fear muestra con delicadeza tu andar, tu mirar, provocando más de un escalofrío. Un hombre terrorífico que juega dentro del marco de lo legal y consigue atemorizar a una familia. Un personaje sereno que consigue inquietar, un malo de los de verdad. No sé si Gregory Peck está un poco flojo o es que tú conseguiste imponerte totalmente a pesar de la pelea en el agua. La verdad es que no es una película muy buena, pero, Mitchum, consigues mantener al espectador pegado a la pantalla todo el tiempo, sin pestañear, no vaya a ser que al cerrar los ojos aparezcas a su lado.

Además en esa películas recuperas ese mal hábito tuyo... Algo tienes con los niños... Ya sabía yo que tu vena de predicador y barbazul no había desaparecido totalmente. ¿No te colgaron en aquel pueblo americano? Quizás te escapaste y unos años después reapareciste por el río para buscar una nueva presa. Debiste de borrar aquellos tatuajes de sus manos con láser. Y, siento decirte esto, Robert, pero habías abandonado aquel estilo tuyo para convertirte en un macarra con flores hawaianas. Robert... Me gustabas más con aquel chaleco, con aquel sombrero de predicador. Si hubiera sido viuda... Hubiera caído en tus garras casi seguro. Aunque hubiera desconfiado un poco al verte hablar con tu dios (ese que te habla no es el Dios verdadero) con esa especie de aureola que enmarca tu mirada en la oscuridad. La noche del cazador... Y tanto. ¿Cómo pudiste ser tan cruel? Se me encogieron las tripas al ver a aquella mujer dulce y delicada convertida en un alga más. Aunque, te lo concedo, tu discusión con ella la noche de bodas fue un poco más delicada que la que tuviste con aquella muchacha a quien intentaste conquistar y utilizar en el cabo del terror. ¿Y lo de perseguir a esas criaturas de aquella manera? Mala hierba nunca muere, ¿eh? Sé que querías el dinero, pero ese rollo de vaquero misterioso en la lejanía es un tanto... creepy. En cambio perdiste toda la sutileza cuando llevabas aquellas pintas de macarra. Y dejaste tu sutileza para ser una especie de presencia peligrosa en la vida de la hija de Gregory Peck. Eso sí, había algo atractivo en tu mirada. Esa pose chulesca que siempre tienes, esa mirada que tan pronto es adorable como amenazadora... No sé qué es, pero hubiera intentado salvarte de la horca a pesar de los pesares.

Creo que escondes un resquicio de bondad. Sí, hubiera intentado salvarte, igual que lo hizo aquella monja que encontraste en una isla. La verdad es que aunque eras un pelín bruto al final consiguió ablandarte. Pero no sé por qué nunca me dio muy buena espina. Lo siento, Robert, pero todos recordábamos tu pasado, no nos hubiera gustado verte conquistar a una monja, eso no Solo Dios lo sabe... Y ella, aunque parecía buena e ingenua, seguro que te había visto antes con aquel sombrero de ala. Intento convertirte. Pero después de la guerra y tu fracaso con aquella mujer te fuiste a buscar a aquella niña hija de Atticus.

Ojalá hubieras aprendido algo de Bruno. Él... bueno, es un ángel. Y siempre lo será. Bruno Ganz sobrevolaba El cielo sobre Berlín, preocupándose realmente por quienes estaban ahí abajo. Escuchaba a quienes, agobiados, se debatían en duelos internos. Acariciaba al desesperado, al aburrido, al colérico. Pero quería vivir, amar, tomar café. Envidiaba nuestra vida. Así que allí, junto a una cafetería provisional de esas montadas en una especie de remolque, tomó una decisión. Y su vida empezó a tener color. 


También conservaba aquella ingenuidad llena de admiración y cariño en La eternidad y un día. También ahí tomaba resoluciones junto a la vagoneta de los cafés y salchichas. Sé que los ángeles no tienen nacionalidad, pero siempre me he preguntado en qué lugar de la tierra cayó Bruno. Sé que se lanzó desde la Columna de la Victoria y que cayó a todo color, pero aunque comenzó hablando alemán, también dominaba el francés, el italiano. Debe ser que los ángeles hablan todas las lenguas que el corazón humano domina. Después de todo, Bruno visitaba las bibliotecas, los metros, el circo. ¿Cómo no iba a aprender todo lo aprendible? Lo siento, Robert, pero aquel ángel que abandonó la coraza conocía a cada hombre. Todo lo había visto. Aparte de que él sí había visto cara a cara a Dios, conocía lo que hace más humano a los hombres, conocía esa línea de la vida y la muerte. En Berlín trató de que muchos no la cruzaran, pero eligió dar el paso al otro lado por una acróbata. En Grecia (sí, también estuvo en Grecia y hablaba perfecto griego) pasó su último día a este lado paseando sobre la delgada raya dibujada en el suelo con tiza. Ese día que robó a la eternidad sirvió para encontrar ángeles como él, ángeles del pasado, del presente. Niños, ancianos, bodas. Y él seguía acercándose a aquella furgoneta que vendía salchichas. Después Bruno decidió volver a dar un salto, esta vez mortal, tras acercarse peligrosamente a un grupo de terroristas. Y entonces hablaba inglés con acento alemán. Nunca entendí cómo llegó a ser un miembro de la policia secreta de la Alemania Democrática. Sin identidad. Y eso que no era él quién había olvidado su pasado. 

Robert, quizás esto te haga añorar tu pasado. Quizás quieras regresar a aquel pasado de bondad que seguro existió. Si quieres puedes revisar algunas fotografías en Facebook. Porque sabes que las imágenes y las historias se complementan. Quizás no me creas y no quieras aceptar que tienes un fondo que podía ser de ángel. Una imagen, una historia. Revísalas si quieres en la página del blog. Puedes empezar por las tuyas propias, por las de aquella Noche del cazador, por las de aquellos días de los que Solo Dios sabe, por tu andares inquietos en el Cabo del Terror. Y si aún queda algo de esperanza en ti, Robert, siempre puedes copiar algo de aquel ángel que sobrevoló El cielo sobre Berlín y que siguió siendo un ángel durante La eternidad y un día.

sábado, agosto 25, 2012

Cine y memoria

 
  Tengo un amigo que tiene un olor característico. Debe ser el único de mis amigos y compañeros que usa esa colonia (tengo que preguntarle cuál es). De vez en cuando, en las situaciones más variadas, caigo cerca de alguien que huele exactamente igual que él, entonces la mente, la memoria, empieza una carrera hacia el pasado y saca todas las imágenes y sonidos relacionados con ese olor. Al principio le cuesta localizar las secuencias de la gran bobina de mis recuerdos, pero en seguida se enciende la bombilla del proyector y una secuencia de montaje aparece en la pantalla: aquel rodaje en el plató, esa conversación bajo el sol con un Ipad, un café de avellana espolvoreado de momentos amargos, un gesto para colocar el flequillo en su sitio... Mi memoria vuelve a proyectar siempre en imágenes y sonidos, en material audiovisual. Hay veces también en que un decorado, un paisaje, me trae escenas que allí sucedieron. Un paseo en coche por ese lugar mientras hablábamos de las amistades de guerra, una conversación en aquel banco, una espera frente a aquella tienda, un enfado en una parada de autobús. Pienso que la película de Malick, El árbol de la vida, está montada como el pensamiento humano: fogonazos de memoria, imágenes sueltas, conversaciones a raíz de un lugar, de un personaje. Porque aunque para narrar solemos utilizar el orden cronológico, la memoria compone versos libres. Pero me estoy yendo lejos, porque no sé nada de psicología ni es de lo que quería hablar, no vaya a ser que acabe dudando incluso de mi propio nombre. 


  ¿Cómo recordamos a los egipcios? De perfil. ¿A Luis XVI? En color pastel y con peluca. ¿Y a Hitler? En blanco y negro. Quienes hemos visto decenas de películas bélicas anteriores a Ryan y quienes lucharon en Vietnam, coloreamos las batallas con la escala de grises, incluso esas películas más recientes rezuman esas tonalidades grisáceas. Los gangsters se esconden bajo el ala del sombrero mientras dejan entrever un fusil gris entre los grises pliegos de su abrigo negro y sus zapatos se acercan al charco negruzco junto a su última víctima. El arte nos facilita conocer el pasado por sus representaciones. El cine y la fotografía dan un salto, grabando imágenes más cercanas pero tiñéndolas de blanco y negro. El cine crea en mi mente imágenes del mundo, pero ¿y cuando es el propio mundo el que crea imágenes del cine? No sé si es algo común, supongo que el dedicarse al cine influye, pero en mi cabeza hay vivos recuerdos que no proceden del mundo sino de la pantalla.

  En estás últimas vacaciones me he encontrado, sin quererlo, con grandes momentos del séptimo arte. Lo primero que me hizo caer en esto fue un paseo en barca por la Albufera de Valencia. Ya en la barca, que podía ser impulsada mediante una pértiga, nos desplazábamos entre estrechos pasillos de altos juncos. Había patos, el agua lanzaba destellos al reflejar el sol del atardecer, la barca se desplazaba sigilosamente, como escondiéndose. Y pensé que ya había estado ahí, pero con sol del mediodía. Pero en mi recuerdo las palabras, consejos e indicaciones no eran en valenciano, sino en italiano. Porque yo no había estado en esa barca, habían sido mis camaradas de la resistencia italiana en el último episodio de la película de Rossellini, Paisa. Y cuando vi atardecer allí mismo pensé que era un momento digno de El árbol de la vida o incluso de Apocalypse Now si entre tanto junco hubiera habido alguna palmera o un helicóptero sobrevolando las aguas con Wagner de fondo. Al acercarnos a la orilla y comenzar a saltar fuera de la barca vinieron a mi mente aquellos chiquillos que asustados huyen por el río y se refugian entre vacas. Ya al salir, vi una pequeña balsa hecha con gavillas de paja y me acordé de magnífica Amanecer de Murnau. 



  Recordé que unos días antes había visto unas fotografías de mi hermana en su viaje por Europa y estuve a punto de llamarle para explicarle lo que se había perdido. Vi una foto de ella y sus amigas en Viena junto a la gigantesca noria donde Harry Lime explicaba a Cotten su comparación con las hormigas. Subieron a esa noria sin conocer aquella intensa conversación. No sé si se fijaron en la placa que recordaba tan memorable suceso (si no hay una placa así, debería haberla). Sé que estuvieron también en la ópera donde sí hay una placa que recuerda a Mozart, pero ¿habría también otra que recordara a Wolfie y al hombre de la máscara doble? En Salzburgo no subieron al mirador donde fräulein Maria enseñaba la escala a los niños del general. En Milán no vieron a los mendigos de De Sica que sobrevuelan la ciudad en escoba. En Berlín no estuvieron, ¿pero qué más da si seguramente no hubieran tratado de encontrar a Bruno Ganz sentado en la escultura dorada?

viernes, agosto 17, 2012

In the mood for infidelity



Una película suele construirse alrededor de varias situaciones de crisis en la vida del personaje. Tras varias caídas, el personaje o cae definitivamente o se levanta victorioso. Así el cobarde se vuelve valiente (Billy Elliot), el irresponsable encuentra lo valioso de su vida (Kramer contra Kramer) y el niño se vuelve hombre (¡Qué verde era mi valle!). 

En muchas ocasiones, el amor solo resulta fortalecido cuando es probado hasta el límite. Y es que si no hay prueba no hay victoria, hay rutina. Los triángulos amorosos han sido una constante en la literatura y el cine universal. En el cine hay triángulos de todos los tipos: triángulos equiláteros, isósceles y escalenos.Una comedia como Luna nueva (¡Cary Grant, no los vampiritos!) presenta tres personajes con relaciones muy distintas unas de otra, como un triángulo escaleno. Hildy amó a Walter, pero se alejaron y ahora el vértice de Bruce es más cercano. Desde el comienzo de la película intuímos que el triángulo cambiará de orientación y, por ser una comedia, casi no identificamos la infidelidad de Hildy. Comprometida con Bruce, el día antes de la boda cancela el compromiso. Pero los lados de esos triángulos de las comedias románticas clásicas suelen ser bastante largos (Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña). Las relaciones no son estrechas, y es eso, quizás lo que permita las infidelidades casi como un juego.


Otras películas pueden presentar estructuras equiláteras. Podría parecer un conflicto sencillo y básico del estilo "¿A cuál de los dos elijo?" como en algunas películas románticas para adolescentes como Pearl Harbor, pero pueden darse versiones más complejas. Creo que mi comparación con los triángulos empieza a ser un poco más compleja cuando las historias de amor son dramas en vez de comedias. Rossellini dirigió la película Viaggio in Italia, traducida a modo spoiler en español como Te querré siempre. Si uno ha visto la película, comprenderá que no es una película clásica de triángulo, pero parece haber algo que se interpone en el matrimonio Katherine y Alexander. Parece que son ellos mismos los que provocan ese alejamiento del otro.

La película de Rossellini presenta la historia íntima de un matrimonio que se deshace. Los personajes, casados ya desde hace un tiempo, van a Nápoles a vender una casa que pertenecía a un tío difunto. Aprovechan para estar solos unos días de vacaciones, pero una vez allí se dan cuenta de la fragilidad de su matrimonio. La película consigue transmitir la situación interna de la pareja a través de sus paseos y actividades cuando están solos. Katherine visita la zona, normalmente sola, mientras su mente y su corazón se refugian en la memoria de un amigo recientemente fallecido. Ella no consigue quitar de su mente la preocupación por su matrimonio, los miedos, la ansiedad. Visita lugares que ella consigue teñir de angustia: las estatuas de los museos se alzan amenazadoras, los templos se convierten en lugares agobiantes que aprisionan y encadenan ("Como el matrimonio" parece pensar ella), los paisajes son salvajes y peligrosos, hechos de un fuego inconsumible. Una de las mejores escenas de la película puede ser la de la noche que en que ella espera a su marido incapaz de dormir. Cuando Alexander llega, disimula pretendiendo parecer dormida e indolente, pero cuando se queda sola su rostro no hace sino transmitir todas sus angustias interiores. Katherine se debate entre su matrimonio y el antiguo cariño que le unía a su marido, y su propia satisfacción y valía individual.



Alexander parece querer distanciarse de su mujer de forma diferente. Opta por buscar la compañía de otras mujeres: busca primero una relación romántica con una mujer a la que puede proteger. Cuando descubre que esa mujer está casada parece intuir una cierta semejanza con la situación de su propio matrimonio. Intenta después refugiar su incomodidad en un bar y con una prostituta, pero se arrepiente cuando conoce los sentimientos rotos de la mujer que busca alguien que le consuele y conforte. La situación se hace insostenible, no por los conflictos externos sino por la propia incomodidad y tensión interior de ambos, y conduce a una solución definitiva: el divorcio. Ambos se reconocen incapaces de mantener la fidelidad a ese amor que en un momento les unió sin negarse a sí mismos. El yo se interpone entre la pareja. Y cuando ya todo parece estar cerrado sucede el milagro. Y no hablo de milagro en sentido figurativo, sino literal. Una especie de curación sin explicación. Un milagro que pasa por encima de la miseria y egoísmo humano, e incluso por encima de la voluntad creadora del guionista, que contra todo pronóstico se deja llevar por la fuerza misteriosa que reune al matrimonio sin ningún motivo que lo justifique. El extremo del triángulo de la autoafirmación queda abolido y la distancia equidistante del yo desaparece, anulando el triángulo que pasa a convertirse en una fuerte unión de dos puntos.




Otra película que presenta una gran crisis de fidelidad es Diario de un cura de campaña de Bresson. En la sobria película del director francés, Dios es el otro personaje principal. Un joven sacerdote comienza su labor pastoral en un pueblecillo de gentes duras que harán todo lo posible por quitar al párroco de sus vidas y su pueblo. Pero esas dificultades externas no son sino un elemento añadido al malestar interior. El joven cura también sufre grandes dolores de estómago. El demonio parece haber puesto todos los obstáculos posibles para que el sacerdote pierda su amor a Dios y con él su vocación. El sacerdote confiesa haber perdido la fe, o eso le parece. Es como si Dios hubiera salido de su vida sin él darse cuenta, dejándole solo y abandonado frente a todas las dificultades. Aquellos que parecían sus seguidores le traicionan como Judas. Los poderosos le condenan, cargándole con un peso que parece no poder llevar. ¿Y dónde está Dios ahí? El joven sacerdote clama auxilio durante toda la película, cae varias veces, una mujer limpia su rostro, encuentra a una viuda en el camino a quien consuela devolviéndole la vida... El sacerdote se acerca a la ciudad, arrastrándose. Allí, en lo alto del monte, encuentra a dos almas pecadoras: Un hombre que robó el amor de Dios para luego malgastarlo y una joven que robó a un hombre de Dios para salvarlo de él mismo. En un último aliento de vida, el joven sacerdote entrega su alma a Dios, enamorado y sonriente.



El amor probado hasta el límite... no siempre tiene final feliz. En la película de Kar Wai Wong, In the mood for love, los protagonistas no hayan descanso ni reconciliación. Un hombre y una mujer se conocen al mudarse al mismo lugar. Ambos están casados y sus conyuges pasan mucho tiempo fuera de casa por trabajo, por lo que ellos comienzan a coincidir y descubrir cosas en común. Ambos mantienen la distancia a pesar de sentirse atraídos, buscan la compañía del otro pero de forma comedida. El director consigue introducirnos en el alma de estas personas solitarias. La música melancólica, los juegos de velocidades de grabación, el acariciar de la luz muestran la sensualidad que rodea su relación. Se miran, se atraen, se observan; pero no se rozan.



Una corbata y un bolso les descubren que sus parejas tienen una aventura y comienzan un juego para comprender qué les llevó a aquello. Pero ellos jamás cruzarán la línea, incapaces de caer en los mismos errores. La película es deliciosa, los actores no necesitan hablar. El tiempo del relato salta, como jugando con el pasado y el destino de cada protagonista. La cámara no es curiosa, ni testigo; es poeta, músico, pintor. Lanza trazos sobre la pantalla que dibujan un boceto, el boceto de un hombre y una mujer que pasean, tambaleando, en los límites de la infidelidad quedando como inocentes porque son humanos llenos de miserias y un corazón que busca ser llenado. In the mood for love habla de forma sutil, dejando entrever el valor de las cosas pequeñas, de los pequeños detalles que enamoran y de los pequeños deslices que hacen enamorarse de quien no se debe. Pero, ante todo, esta película, como las anteriores, muestra como esas momentos en que todo parece quebradizo dejan al aire la verdadera naturaleza del amor entre esos protagonistas.

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