Estoy redescubriéndo a Chaplin. Cada película suya me fascina.
El gran dictador es una de mis favoritas y por eso os dejo este genial artículo de André Bazin sobre la película:
Imitación y postizo o la nada por un bigote
André Bazin
"Para quien otorga a Charlot, en el orden de la estética y de la
mitología universal, una importancia equivalente por lo menos a la de
Hitler en el orden de la historia y de la política; para quien no
encuentra menos misterio en la existencia de ese extraordinario insecto
negro y blanco, cuya imagen obsesiona desde hace treinta años a la
humanidad, que en la del hombre de los puños raídos que obsesiona
todavía a nuestra generación, El gran dictador es de una inagotable
significación.
Dos hombres desde hace medio siglo han cambiado
la faz del mundo: Gillette, el inventor y divulgador industrial de la
maquinilla de afeitar, y Charles Spencer Chaplin, autor y divulgador
cinematográfico del «bigote a lo Charlot».
Bien es sabido que
desde sus primeros éxitos, Charlot tuvo numerosos imitadores. Seguidores
efímeros cuyo rastro solo se conserva en unas pocas historias del cine.
Uno de ellos, sin embargo, no figura en el índice alfabético de esas
obras. No obstante, su celebridad no cesa de crecer a partir de los años
1932-1933, hasta el punto de alcanzar con rapidez la del lítale boy de
La quimera del oro. Y tal vez la hubiese superado si en ese nivel las
grandezas fuesen aún mesurables. Se trataba de un agitador político
austriaco llamado Adolf Hitler. Lo sorprendente es que nadie se dio
cuenta de la impostura, o por lo menos nadie la tomó en serio. Charlot,
sin embargo, no se equivocó al respecto. Debió de experimentar enseguida
una extraña sensación en el labio superior, algo comparable al rapto de
nuestra tibia por un ser de la cuarta dimensión en los filmes de Jean
Painleve. No pretendo afirmar en absoluto que Hitler obrara
intencionadamente. Podría muy bien ser que hubiese cometido esta
imprudencia bajo el efecto de influencias sociológicas inconscientes y
sin ninguna segunda intención personal. Pero cuando uno se llama Adolf
Hitler debe prestar un poco de atención a sus cabellos y a su bigote. La
distracción no es más excusable en mitología que en política. El ex
pintor de brocha gorda cometió ahí una de sus faltas más graves. Al
imitar a Charlot había iniciado una estafa existencial que éste no
olvidó. Algunos años más tarde tendría que pagarlo caro. Al haberle
robado su bigote, Hitler se había entregado a Charlot atado de pies y
manos. El pequeño judío iba a recobrar mucho mas que el pedacito de
existencia arrancado de sus labios, iba a vaciar por completo a Hitler
de su biografía en provecho, no exactamente de Charlot, sino de un ser
intermedio, un ser hecho precisamente de pura nada.
La
dialéctica es sutil pero irrefutable, la estrategia in-vencible. Primer
asalto: Hitler le quita a Charlot su bigote. Segundo asalto: Charlot
recupera su bigote, pero este bigote no es ya solo un bigote a lo
Charlot, con el tiempo se ha convertido en un bigote a lo Hitler.
Recobrándolo Charlot consigue una hipoteca sobre la misma existencia de
Hitler. Y con ella arrastra esa existencia, de la que dispone a su
antojo.
Y crea a Hynkel. Porque quien es Hynkel sino Hitler
reducido a su esencia y privado de su existencia? Hynkel no existe. Es
un fantoche, un pelele en quien reconocemos a Hitler por su bigote, por
su estatura, por el color de sus cabellos, por sus discursos, por su
sentimentalismo, su crueldad, sus cóleras y su locura, pero corno una
coyuntura vacía de sentido, privada de toda justificación existencial.
Hynkel es la catarsis ideal de Hitler. Charlot no mata a su adversario
por el ridículo; en la medida en que intenta hacerlo la película flojea;
lo aniquila creando frente a él un dictador perfecto, absoluto y
necesario con respecto al cual somos absolutamente libres de todo
compromiso histórico y psicológico. En realidad nos hemos librado de
Hitler por el desprecio y la guerra, pero esa liberación implica en su
mismo principio otra esclavitud. La experimentamos aun en ese momento en
el que todavía nos preocupa la incertidumbre en torno a la muerte de
Hitler. Y no nos libraremos de ella hasta que deje de suponer para
nosotros un compromiso, hasta que el mismo odio carezca ya de sentido.
Hynkel, en cambio, no nos inspira odio, ni piedad, ni cólera, ni miedo.
Hynkel es la negación de Hitler. Disponiendo de su existencia, Charlot
la ha rehecho con el fin de aniquilarle.
He hablado hasta el
momento en sentido absoluto. Por desgracia, no es del todo cierto que
Charlot haya triunfado en esa transfusión de ser. En mi opinión no la
logra totalmente más que una vez, durante la danza con la bola del
mundo. Se aproxima durante el discurso en que le imita fonéticamente,
pero el recuerdo que tenemos de Hitler en su tribuna de Munich puede más
que la parodia y hace perder toda su fuerza a la operación. Y es que en
ciertos dominios Hitler se ha imitado a si mismo con mas talento que
Charlot y en ellos detenta aun el cuño de su personalidad. En los
montajes de Capra, Hitler posee incontestablemente una realidad más
ideal, menos accidental todavía que Hynkel.
Vemos con claridad
que el ridículo nada tiene que ver en el asunto. En las películas de
Capra nos reímos de Hitler, pero esa risa no excluye ni nuestro miedo ni
nuestro odio; no nos libera de nuestro compromiso. Creo en consecuencia
que es un error pretender que la endeblez del filme se deba a su
anacronismo y a que no podemos reírnos a gusto de un hombre que ha hecho
tanto daño. Es cierto que en 1939-1940 los gags nos hubiesen parecido
divertidos, pero solo en la medida en que Charlot ha errado el golpe, en
que la parodia no trasciende el ridículo y se queda en un nivel en el
que Hitler puede defender su existencia frente a Hynkel. No es lo cómico
lo que hay que impugnar, es la fuente misma de la comicidad y la altura
metafísica en que se sitúa. Ésta puede quedarse en la zona de nuestros
sentimientos históricos: la de la criatura, del ridículo o de la ironía,
pero puede también elevarse hasta el Olimpo de los Arquetipos. Del
mismo modo que Júpiter metamorfoseado en Diana vuelve sobre sí los
sentimientos de la ninfa Calipso, Charlot vuelve sobre Hynkel nuestra
creencia en Hitler. Transferencias semejantes son solo posibles en esta
confusión mitológica de las apariencias y del ser. La creación original
suele hacer del artista un demiurgo. La existencia de Fedra, Alcestes o
Sigfrido es definitiva y ningún otro dios puede arrebatársela. Las
relaciones entre Charlot y Hitler son un fenómeno excepcional, tal vez
único, en la historia del arte universal. Charlot ha pretendido crear
con Hynkel un ser tan ideal y definitivo como los de Racine o Giraudoux,
un ser independiente incluso de la existencia de Hitler, un ser con una
necesidad autónoma. Hynkel podría en ultimo extremo existir sin
Hitler, ya que ha nacido de Charlot, pero Hitler no puede hacer que
Hynkel deje de existir sobre todas las pantallas del mundo. Es él quien
se convierte en el ser accidental y contingente, alienado en suma de una
existencia de la que el otro se ha alimentado sin quedar en deuda y que
aniquila al absorberla. Este robo ontológico descansa en último término
sobre la efracción del bigote.
El gran dictador, sin duda, habría
resultado imposible si Hitler hubiese sido imberbe o se hubiese cortado
el bigote a lo Clark Gable. Todo el arte de Chaplin nada hubiera
conseguido, ya que Chaplin sin su bigote deja de ser Charlot, y era
preciso que Hynkel procediera tanto de Charlot como de Hitler, que fuese
a la vez el uno y el otro para no ser nada, es decir, la exacta
interferencia de los dos mitos que los aniquila. Mussolini no es anulado
por Napoloni, es tan solo caricaturizado; puede ser además que tenga
tan poca existencia como para ser asesinado por el ridículo. El caso de
Hitler es distinto, descansa sobre las propiedades mágicas de ese
retruécano piloso. Y habría sido inconcebible si Hitler no hubiese
cometido primero la imprudencia de parecerse a Charlot en su bigote
único.
No es el talento del mimo, ni siquiera el genio de
Chaplin quien le autorizaba a rodar
El gran dictador. Era solo ese
bigote. Charlot ha esperado todo el tiempo que ha sido necesario, pero
ha sabido recobrar lo que le pertenecía.
¡Poder del mito: el bigote de Hitler, justamente el bigote, era verdadero!"
Publicado en "Esprit" en 1945, este artículo apareció de nuevo en "Qu'est-ce que le cinema?", 1.1, pags. 91 a 95