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viernes, marzo 08, 2013

Blancanieves y la pizza de piña


 No me gusta la pizza con piña. No puedo entender ni siquiera el concepto. La pizza se supone que es una comida salada, italiana, con tomate, queso... Nunca he comprendido el toque exótico de la piña. No es que tenga nada contra esa fruta, ya que sola y como postre sí me gusta, sino que no me parece que su lugar sea una pizza. Además, se queda blanda y caliente. No me gustan las mezclas. Si algo tiene que ser salado, tiene que ser salado y si tiene que ser dulce, tiene que ser dulce. Y lo mismo pasa con el cine y la televisión: Si tiene que ser drama, que sea drama; si comedia, comedia. Ver una película en la que uno no distingue claramente el regusto final es como ese momento en que uno paladea el queso fundido y tropieza con los filamentos de la piña blandurria. 

En el momento, uno traga la pizza con entereza, no se va a poner a hacer disecciones, pero cuando se acaba el trozo y el único sabor que sigue ahí fijo es el de la piña... uno se replantea el momento en que decidió comer aquello. En otro momento hablaré sobre la sensación de sobremesa después de ver una película, pero básicamente mi teoría es que la calidad de una película a veces se descubre en la sobremesa, un tiempo después de haberla visto, y no nada más terminar el plato. 

Blancanieves de Pablo Berger comenzó como una pizza italiana de las de verdad, no una de las congeladas. Una película hecha en casa, con aceite virgen del Mediterráneo. Uno va saboreándola con gusto, olvidando que no ha sido sacada de un plástico con colorines. Las luces y sombras de la España castiza llenan la pantalla. El flamenco impregnaba cada imagen, cada plano casi sacado de una obra de Zurbarán. Pero vamos en orden. Nada más acomodarme en la butaca, traté de situarme: "Es una película en blanco y negro y muda. Trata de no compararla con The Artist... No es posterior, es solo más lenta porque es española y aquí nos tomamos las cosas con calma". He de reconocer que el efecto de las cortinas que se abren no acabó de convencerme, me impactó muchísimo más aquella sensación repentina que sentí con la película de Hazanavicius cuando descubrí el formato de pantalla por mí misma. Pero ese primer "chasco" desapareció enseguida. Bastaron un par de planos y aquella música que nada tiene que ver con la pianola del cine mudo. El gitaneo musical me desconcertó, pero la imagen tiene tantísima fuerza que lo armoniza a la perfección. Me sentía muy española, más que nunca. Y descubrí que aquella pizza era de base fina y con pimiento de la tierra. Hasta que encontré un pequeñísimo trozo de pizza. 



En medio de una película dramática, castiza, noble y taurina, encontré un pastiche rancio, de cómico forzado y burdo. La madrastra, el mal, la encarnación de todas las brujas de cuentos, de repente se convierte en un fantoche, una Catwoman sin gracia y sin atractivo. Un trozo de piña duro que desearía no haber encontrado ahí dentro. Pero pensé que se les había colado y que era un trozo menudo sin importancia. A medida que la película avanzaba encontré, sin embargo, otros trocitos de piña, de dátil, de pasas... 

Esa mezcla que encontré era más sutil, por no narrativa, sino estilística. Nos presentan una película de cine mudo como hacían los creadores de The Artist engañando un poco al espectador medio. Cine mudo con una única característica: es mudo. El resto de la parafernalia que acompaña a la copia del estilo de las primeras décadas del cine es más bien una mezcla de estilos e influencias. La fotografía de la película ha ganado el Goya, y no es para menos, pero supongo que no por su copia fidedigna del estilo del cine mudo, sino por su gran virtuosismo que podeis admirar en la página de Facebook del blog. En algunos momentos recuerda a las primerísimas obras cinematográficas, en otros momentos a los encuadres osados de Welles y los movimientos emocionantes de Hitchcock; las sombras de Bergman y las luces de Capra. Así que, quizás, esto ya no era piña, sino más bien el jamón, las anchoas y el bacon de la película. 

Resultado en sala: Pizza tropical. Resultado en sobremesa: Pizza de calidad con un tropezón accidental de piña. 



Actualización 28 de Mayo de 2013

Unos pocos días después de publicar esta entrada tomé pizza de piña, y, por supuesto, aparté la piña. Y al apartar la piña recordé a esa otra Blancanieves que también dejó de un lado la manzana para optar por la piña. Me refiero a la serie de la cadena americana ABC "Once upon a time". He de reconocer que la primera temporada me fascinó. Me gustó esa manera tan fresca de rescatar los cuentos infantiles y mezclarlos todo en una macedonia sabrosa. Las historias se mezclan sin problema, quizás le sobra un poco de azúcar, pero apela a esos recuerdos de infancia. Pero, como sucede con muchas series, cometieron un error: una vez la princesa hubo probado la manzana y su principe hubo roto el hechizo introdujeron la dichosa fruta tropical. La segunda temporada comenzó a mezclar los dos mundos y a mezclar personajes de cuentos más recientes o de otras fuentes no tan clásicas como los cuentos de los hermanos Grimm (un doctor Frankenstein se cuela en este mundo de cuentos con todo el descaro y una moderna Mulán, protectora de la Bella durmiente que no acaban de convencer a nadie). ¿Qué hubiera sido de la serie si hubiera finalizado con un final feliz en la primera temporada? En mi opinión hubiera sido un gran éxito. Entiendo que lo que da beneficio en ocasiones se convierte en una mina de oro o de polvo de hada, pero quizás podía haberse hecho manteniendo el espíritu de los dos mundos, el espíritu del bien y el mal separados por una manzana. El exceso de piña, el caos y la mezcla exótica acaba por empachar. Podéis encontrar también un álbum en Facebook sobre la serie.

miércoles, mayo 16, 2012

It was there. El metraje del pasado


El pasado tiene un gran peso en nuestras vidas. Cuando contemplamos una imagen fotográfica del pasado los protagonistas nos interpelan. Los muertos parecen recobrar la vida. Nos miran desde el interior del marco y parecen llamarnos sin mover los labios, como en la película El club de los poetas muertos. Esas personas estuvieron ahí. Hubo un fotógrafo que los detuvo en el tiempo. Una mirada que momificó todo posible cambio como afirmaba André Bazin. Los viejos álbumes tienen el poder de atraernos, uno siente una curiosidad casi irrefrenable ante fotografías de la propia familia e incluso de gentes desconocidas. ¿Quiénes son? ¿Por qué tienen esa mirada? ¿Qué les sucede? La imagen documental -fotográfica o cinematográfica- además de tener una fuerte carga de realismo, tiene un gran componente de misterio.


Estamos acostumbrados a los documentales históricos donde se nos muestran imágenes de personajes históricos, batallas, hechos relevantes. No nos resultan extrañas esas imágenes arrancadas del curso del tiempo en documentales. Se nos muestran como noticiarios, crónicas de hechos pasados. Un ejemplo de este documental más convencional es The Spanish Earth de Joris Ivens sobre la Guerra Civil española (puede encontrarse completo en el canal de unaimagenunahistoria en Youtube). El documental está construido totalmente con metraje de Fuentedueña, Madrid y el frente de batalla durante dicha guerra. El documental de Ivens narrado por Hemingway no se queda en una mera captación de imágenes. Cada detalle está cuidado con esmero. Cada imagen, aun llena de dureza, resulta bella al ojo del espectador. Ivens construye un relato, una historia humana de superación y lucha.

También construyen una  historia Jayne Loader, Kevin Rafferty y Pierce Rafferty en The Atomic Cafe. Esta vez el empleo del metraje pasado tiene una finalidad irónica, paródica. The Atomic Cafe une imágenes de vídeos educativos, metraje de archivo histórico, películas de ficción y otras imágenes documentales para construir un significado nuevo. Imágenes educativas sobre qué hacer en caso de ataque nuclear se convierten en un relato expresionista de la paranoia nuclear. Las imágenes originalmente serias son arrancadas y despojadas de su contexto original dando lugar a una crítica que consigue hacer reir.


Otro tipo de construcción es la que el director español José Luis Guerín realiza en Tren de sombras. Una construcción en tres pasos: Construcción, reconstrucción, reinterpretación. Guerín juega con esa fuerza y ese misterio que emana la imagen fotográfica. Nos muestra las supuestas imágenes grabadas por una familia en Le Thuit. Y Guerín construye una historia a raíz de la "historia". Eso que nuestra cabeza hace en ocasiones ante una fotografía, él lo hace ante unas imágenes del "pasado". El celuloide recorre la pantalla, regresa al pasado, se detiene... Quien ha descubierto esas imágenes detiene su mirada en las miradas de los propios personajes. Y así consigue también cruzar nuestros ojos con los de aquellos personajes del pasado. Comprendemos las intenciones de aquellos fantasmas y percibimos la fascinación por el cine de quien ha creado todas esas miradas. Tren de Sombras tiene una gran fuerza por ese intento de recrear el poder de la imagen documental.







miércoles, febrero 29, 2012

O brother! (Joel & Ethan Coen, 2000)


Uno de los aspectos más curiosos de O Brother, Where art thou? es esa búsqueda del perdón y la verdadera esencia de la persona. Los protagonistas saben que su actuar no es “jurídicamente” adecuado, pero buscan ser perdonados a través de su buen actuar humano y a través de Dios. Delmar y Pete se bautizan buscando esa “redención”, esa comprensión de Dios y de sus colegas los hombres. Parece que encuentran perdón en sus propias almas.

Su viaje parece ir en busca no solo del tesoro (inventado), sino de una justificación. Cuando consigan el dinero, darán igual los crímenes, dará igual el pasado, cumplirán sus sueños y vivirán en paz. Antes de ser “perdonados” públicamente por el Gobernador, Everett reprocha a sus amigos el no saber perdonarle y darle la espalda:
EVERETT
So you're against me now, too!... Is
that how it is, boys?
The whole world and God Almighty...
and now you.

 
Ni siquiera sus amigos son capaces de perdonar sus errores. Después de ser absueltos por la música y el interés político, por la sociedad, ellos se reconocen inocentes ante sí mismos y el mundo. Pueden pasear por las calles con impunidad, pueden viajar a su antojo. Pero la ley sigue detrás de ellos, y es ahí cuando Dios también les perdona ante la súplica sincera (que luego intenta esconder) de Everett. 

       El último perdón que queda es el de su mujer, que parece condicionar el reconocer a Everett solo si es una apuesta segura… Quizás Penny sea el personaje más difícil de tragar, quizás porque no acata la norma narrativa, no es el final feliz, el tesoro buscado, o el tesoro merecido.


Casi como si la película tuviera que pedir perdón por tratar temas tan profundos sobre el hombre con tanta livianidad. Una comedia llena de imágenes típicas de las películas sobre la Gran Depresión como Las uvas de la ira o Bonnie y Clyde. Toca temas típicamente americanos como el Ku Klux Klan (nada que ver con El nacimiento de una nación) y los gangsters. Con imágenes bellísimas y acompañadas con una música exquisita que sumerge el momento histórico en ese aire mítico de La Odisea.

lunes, febrero 06, 2012

El arca rusa (Alexandr Sokurov, 2002)

 No sabría muy bien cómo definir El arca rusa de Sokurov. No es ficción, no es documental, no es un ensayo audiovisual. ¿O quizás sí? Un experimento visual y cultural. La película es anunciada con lo siguiente: "2000 cast members, 3 orchestras, 33 rooms, 300 years, ALL IN ONE TAKE". Impresionante. 
Sokurov se lanza a varios océanos vastísimos: Una película de hora y media en una sola toma, un rodaje en el Hermitage, un ejercicio histórico-cultural... Muchos logros en una misma cinta, pero sobre todo El arca rusa es una película de gran profundidad. La historia rusa se entrelaza, aparece y desaparece en los pasillos del palacio. Y el Hermitage se convierte en un personaje más, no en un mero decorado. Al comenzar la película esperamos el corte, pero una vez transcurrido un rato, nos olvidamos del montaje, porque la cámara se desliza como un fantasma que todo lo ve. El ejercicio de la cámara es exquisito y a ello se unen los magníficos efectos digitales de fotografía, que crean unos ambientes oníricos que me recordaron a otra obra del director, Elegía de un viaje. Las reflexiones acerca de la historia, cultura e identidad rusa se mezclan, como en una labor de finísimo bordado. Lo más filosófico apoyado por una puesta en escena muy mimada. Magníficos vestidos, obras de los más grandes artistas, grandes figuras de la historia, música, bailes fastuosos... Un marqués frances guía a la cámara como un fantasma. Mantiene una conversación con el director. Y se expone, presentándose a personajes que vagan por el palacio. Supongo que me he perdido mil detalles por desconocimiento de historia rusa. Conozco a los zares, a Catalina la Grande, Pedro I, Nicolás y Alejandra. Vemos a Pushkin, al actual director del museo. Una conversación con la cultura, Europa, Rusia, el Arte.


La película va intrigando, llenando de asombro. La escena del baile final llenan de mil emociones. Todo el recorrido por el palacio nos conduce ahí, al último gran baile de la Rusia zarista. Y la salida del magnífico evento se convierte en un choque: ¡Adiós, Europa! Todas esas sedas y brocado bajando una impresionante escalinata que lleva a un cambio radical, a un desgajamiento de Europa. Ese último descenso resulta majestuoso, una explosión de sensaciones, una superabundancia visual, histórica y cultural. 
Es complejo comunicar una experiencia. Y El arca rusa lo es, no es una simple película. No hay una historia, hay 300 años de Historia. Un arca, como la de Noé, donde poner a salvo la identidad de un país: su cultura.

Y el comienzo del documental sobre el rodaje de la película

jueves, septiembre 08, 2011

Les parapluies de Cherbourg (Jacques Demy, 1964)


Ahora que estoy estudiando cine más a fondo empiezo a temer aquello que nos decía un profesor en segundo: "mi misión es que sus amigos no quieran ir con ustedes al cine". Estoy recuperando el tiempo (cinematográfico) que he pedido, haciendo un intensivo de historia del cine. Con visionados complementarios de todo tipo de ciclo de cine que se presente. Y empiezo a ver cosas que jamás pensé que vería. Como Los paraguas de Cherburgo.
Nouvelle Vague francesa. Jóvenes con gran cultura y amor por el cine se ponen tras las cámaras, con nuevas propuestas. Quieren reformar el cine, no desde la rebeldía (sí que hay cierta rebeldía social y formal, pero no como un odio hacia lo anterior), sino desde el afán de dar un giro. El director del filme reforma los musicales americanos clásicos, incluyendo un cambio social (no se trata de una historia de amor con happy ending y luces de colores) y un cambio en los esquemas narrativos clásicos. Lo que se ve en la pantalla es la vida misma. No hay un héroe con una misión y unos obstáculos, simplemente personas con sus luchas y dudas. Temas profundos, cargados de una gran humanidad, y envueltos en una peculiar musicalidad. La película es musical, sin referirse al género establecido, o más bien, como el mismo director lo definió: cine cantado.


Iluminación en clave alta, no como convención, sino como estilo propio y quizás una cierta admiración hacia la tradición. Los colores vivísimos junto con la música continua crean una cierta sensación de ensoñación. No suceden muchas cosas (en la vida tampoco) y, éstas, suceden con gran normalidad. Los diálogos tienen un gran sabor a calle, a hogar. Una discusión con la madre como la que tiene cualquiera en su casa, incluso interrumpida por un despistado inoportuno que no deja de ser un mero detalle sin valor. No todo en la película tiene un porqué, como tampoco la vida lo tiene. Me ha parecido una película muy interesante, incluso la volvería a ver, cosa que no digo con bastante frecuencia. Eso sí, soy consciente de que a muchos puede parecer cursi, tediosa o irrisoria. Pero esa combinación de la mágia y luces del cine con situaciones tan de la vida misma me ha fascinado.

miércoles, mayo 25, 2011

A Eisenstein


Cine, arte, belleza, naturaleza. Explorando el mundo de la ficción, de la no ficción. Las herramientas del cine documental, la verosimilitud del cine de animación. Vivo en una ficción. Vivimos en una ficción. A veces me siento no persona, personaje. En un escenario perfecto. Tiempo muerto, pausa. Brisa suave que acaricia los trigales. Bailan, se mecen como fantasmas. Como si un ave majestuosa, invisible, pasara en vuelo raso. Huele a verano. El ave se estira, orgullosa, llegando a rozarme. El oro refleja. ¿Por qué no tiñe esas nubes? Un trueno, profundo. Polifemo en su gruta. Envidioso porque el ave no le acaricia. Y el trigo sigue meciéndose, suave, cantando una nana. Desprendiendo ese olor a recién nacido, a vida nueva, recién abiertos los ojos a la luz. ¿Cuánto tiempo queda? El tren se acerca, rápido, corto. Se desliza. Pasea, extraño, entre el trigo. Sin detenerse, ¿no se detiene?
Palabras, ¿por qué las escojo a ellas? Van Gogh sentiría oro en su piel, sobre su paleta. ¿Música? Demasiado misterio. Ni una fotografía, ni siquiera un documental. Lo siento, André, vente conmigo. ¿Cómo compartir? Un brochazo de pensamiento. Epaté, glimpse. Oro.
Ningún personaje cayó en tan buen decorado. Sin viajar. De camino a casa.

jueves, noviembre 18, 2010

Born into brothels (Ross Kauffman y Zana Briski, 2005)


No sé cuál es la traducción exacta de la palabra inglesa "moving". Bueno, pues este documental lo es. Desde el minuto número uno, entra hasta el fondo. La historia de unos niños del barrio rojo de Calcuta. Sus madres son prostitutas, sus abuelas son prostitutas... Y algunas de esas niñas de entre nueve y doce años están a un paso de entrar en ese mundo.

Los directores del documental cambian sus vidas. El proyecto de Zana Briski de fotografiar a las mujeres de ese lugar cambió por enseñar a los niños el arte de la fotografía. Pero Briski va a más, quiere sacar a los niños de ese barrio, buscarles una oportunidad en la vida. Así que busca internados para ellos, lo que sea.


A lo largo del documental vamos conociendo a esos niños de Calcuta. Son niños, pero hablan como adultos. La vida que llevan les ha hecho madurar. Oímos a uno de los chicos diciendo que aunque su padre es drogadicto, intenta quererle porque es su padre. Y así, todos ellos.


Las fotografías que sacan son geniales, tienen un don, aunque es verdad que en un lugar así, hasta lo más sencillo es visualmente hermoso. La cámara de Kauffman recoge el ambiente de la ciudad, la chispa de los ojos de los niños, su inquietud por la fotografía... todo muy bien arropado por músicas indias, sonido ambiente y los asombrosos testimonios de los niños.

Y la historia no acaba aquí. Porque no es un documental de "te enseño y tú te apañes", sino que los directores crearon una ONG, Kids with cameras, para ayudar a niños en estas situaciones. Si teneis la oportunidad de ver el documental original de DVD, recomiendo ver todos los extras, en especial "Reconnections" donde los documentalistas vuelven a reunirse con los niños unos años después y el capítulo en que los niños ven el documental.
Realmente Born into Brothels es un documental impactante. Lo recomiendo vivamente.

lunes, octubre 04, 2010

Baraka (Fricke, 1992)


Baraka, un documental de los que siempre quise ver pero no sabía si existían. Baraka muestra lo que une al hombre en un recorrido por muchos países. Unas imágenes de gran belleza se suceden acompañadas de una música que hace que todo quede enlazado. No hay palabras, solo belleza. La fotografía del documental es impresionante, una gran composición y unos colores fabulosos. A veces se utiliza la cámara lenta, a veces cámara rápida... La edición provoca sentimientos contrapuestos en el espectador. Un documental que "eleva el espíritu", te lleva a lo más hondo del corazón. Porque todas estas maravillas pertenecen a un mismo mundo, el nuestro. Y no importa dónde está eso, sino lo que está.
Algunos capítulos son maravillosos, como el de la ciudad a cámara rápida o el montaje del hombre asiático tocando una campana y cortando a una tribu africana. La vida, la muerte, la religión, la naturaleza. Todo en una hora y media de disfrute visual.

viernes, abril 30, 2010

La Premiere

Mientras me pongo al día en la uni tras el volcán que hizo que me quedara atrapada en España por unos diez días, os dejo un vídeo de The Door Post. Éste, titulado La Premiere ganó el segundo premio de 2009 (el primero fue The Buterfly Circus). Trata sobre el comienzo del cine y la fotografía, y consigue hacerlo mezclando la ficción y el documental de una forma magistral. Me encantó.

martes, enero 19, 2010

One Hundredth of a Second

Amaya me mandó un link a un corto sobre una fotoperiodista. Me avisó de que se te para el corazón al verlo. El corto se llama One Hundredth of a Second (lo que tarda el diafragma de la cámara en cerrarse para captar una imagen).
http://video.bugun.com.tr/bugunPlayer.swf?file=dagilfilm.flv

El corto de la productora Pistachio Pictures no deja indiferente. Algunos, en seguida saltarán diciendo que, claro no hay derecho. El eterno dilema: El fotoperiodista debería actuar. Y es verdad que parece indignante que alguien no evite algo que tiene justo frente a sí. Pero, aunque parezca frío, un periodista no puede actuar en todo.

Esto me recuerda al caso de Kevin Carter, el fotógrafo que tomó la foto de una niña sudanesa esperando la muerte por desnutrición mientras es observada por un buitre. Kevin Carter se llevó el Pulitzer por esa fotografía; el Pulitzer, miles de "enemigos" y la muerte. Como dice la página del documental que se ha hecho sobre su vida (The death of Kevin Carter): "Parece que el mundo no estaba preparado para aceptar el dilema del fotoperiodista: ser un testigo o un salvador."
Pienso que suficiente tiene un periodista de guerra como para encima tener que tragar las críticas que la gente hace desde detrás de la barrera. Con esto no digo que no haya que echar una mano, pero no se puede hacer siempre. Ya hablé de James Natchwey en el blog, pero ahora tengo algunas ideas más. Las personas que dedican su vida a este mundo sufren mucho. Han visto demasiadas cosas horribles y las guardan en su memoria (la cabeza de un fotógrafo es muy visual, las imágenes se graban como a fuego) sin poder hacer nada para olvidar. Muchos acaban siendo unos cínicos después de ver tanto mal. Seguro que todos al principio quieren cambiar el mundo con sus fotos, no creo que lo consigan. Ellos quieren tocar nuestra sensibilidad, ayudar a esas gentes. Y nosotros en el sofá, nos conmovemos pero... No es tan fácil. Pero nos encanta juzgar y sacar el debate ético. Estoy convencida de que ningún fotoperiodista entró en ese mundillo pensando en mantenerse al margen. Seguro que Carter deseaba ayudar a esa niña, pero no puede adoptar ni dar de comer a todas las personas de Sudán, ni defender a todos los acosados en Sudáfrica.
Tiene que ser muy difícil saber hasta dónde llegar, qué fotos publicar, cuáles guardar o borrar de la cámara. Y tiene que ser mucho más difícil vivir toda la vida con esas imágenes en la cabeza.
Os dejo aquí un documental que encontré sobre el grupo de fotógrafos Bang Bang Club al que Kevin Carter perteneció.
http://www.youtube.com/watch?v=ccCOVjVjoF4

lunes, junio 29, 2009

Historia de una escalera

Todo tiene su lado hermoso. Incluso las escaleras de incendios que nadie quiere en sus fachadas guardan un lado oculto, a todo se le puede sacar provecho.


domingo, junio 07, 2009

Música en las calles

Son artistas, tienen un don, un talento. En sus hogares se escuchaba música. A su llegada a España no tienen más sitio que las calles. Llenan el casco antiguo con sus notas, alegran las tareas del resto esperando unas monedas que les permitan vivir un poco mejor.


En La Vuelta del Castillo se sienta un joven rumano con su acordeón. Toca siempre la misma canción de la que la gente solo percibe unas pocas notas. Se quita la gorra para hablar conmigo. El año que viene regresa a su país con su familia.

Jalu toca la marimba en Carlos III. Deja de tocar cuando ve que me acerco y antes de decirle nada se dirige a mí.
- ¿Cómo estás? -Me pregunta mientras me tiende la mano- Hace frío. ¿Tú tocas?



Ioan y su compañero tocan el acordeón en un portal. También son rumanos y se alegran cuando me acerco a ellos. Observan cada movimiento que hago y siguen con la mirada a la gente que pasea sin mirarles. Cuando me alejo me despiden amablemente.

























Las notas de sus acordeones, de su marimba y su bongo suenan por todo Pamplona. En cualquier lugar, buscan un público agradecido y generoso. Agradecen que alguien les mire a los ojos.






sábado, abril 04, 2009

War photographer. James Nachtwey

Acabo de ver un documental que me ha dejado impactada: War Photographer. No sé si ahora tengo frío o calor. Me pica la garganta y toso, pero no estoy acatarrada. Lloraría sin parar, gritaría sin llorar. Porque no nos damos cuenta, no quieren que nos demos cuenta.
Pero hay guerras.
Hay guerras, y hay gente que lucha en ellas, que muere en ellas. Y otras que sacan fotografías en ellas.
James Nachtwey, fotoperiodista. Lleva cubriendo guerras más de 20 años. No es masoquista, ni cínico. Es optimista y quiere que la gente reaccione, que haga algo:

"I have been a witness, and these pictures are

my testimony. The events I have recorded should

not be forgotten and must not be repeated."

"I attempt to become as totally responsible to the subject as I possibly can. The act of being an outsider aiming a camera can be a violation of humanity. The only way I can justify my role is to have respect for the other person's predicament. The extend to which I do that is the extent to which I become accepted by the other, and to that extent I can accept myself."

Fotoperiodistas de guerra. No sacan una imagen y se van, están ahí. Tú ves una foto, te mueve, te produce rabia, odio, compasión. Pero el periodista, el fotógrafo está ahí. Entre las balas, los cadáveres, las mujeres que lloran y las llamas.

Ese es él en Nicaragua. Muy cerca, en medio del conflicto. Pocos minutos después, un compañero Sudafricano suyo cayó muerto a su lado. Ha estado en Chechenia:

Rwanda:Afganistán:
Los fotoperiodistas son humanos. Quienes se dedican a fotografiar guerras han visto mucha miseria, pero también lo mejor de los hombres.
Os dejo la reflexión final del fotógrafo en el reportaje. "¿Por qué fotografiar la guerra?". Yo no puedo contestar. ¿Cómo voy a atreverme a juzgar o valorar su trabajo cuando no he visto todo eso?

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