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sábado, abril 20, 2013

Historias cruzadas, vidas cruzadas


 No sé por qué, pero las películas de historias cruzadas nos encantan. Quizás sea por esa sensación de superioridad intelectual que dejan en la mente del espectador: "¡Claro, y Fulanita es la que pasaba por allí cuando Zutanito conoció a Menganita!". Total, que nos encanta, como a todo niño, recomponer las piezas del puzzle. Nos sentimos listos, satisfechos y ordenados. Hay películas que parecen querer poner en orden el cosmos, y que, además, lo entendamos. Películas que quieren captar la grandeza de la vida humana, de la sociedad humana, en unos cuantos minutos de metraje. El otro día alguien me comentaba que los grandes pensadores de ahora son los cineastas, son quienes se plantean cuestiones de calado e intentan darles algún sentido a través de sus películas.

 Grandes cuestiones como la incomunicación y la responsabilidad de nuestros actos son motivo de quebraderos de cabeza. El director trata de dar sentido a unos cuantos conflictos tratando de ponerlos todos en orden en Babel. La película se asemeja a esos tableros con chinchetas y una bombilla que fabricábamos en el colegio. Si consigues conectar los dos puntos relacionados, la bombilla se ilumina y parece encender la zona de penumbras que se había formado en la mente del cineasta. ¿Cómo es posible que personas tan alejadas y tan distintas compartan un mismo problema, una misma angustia? La bombilla se ilumina y parece que de modo sencillo. La cultura, el país, el idioma... Todo se mezcla en esta grandiosa construcción que pretende alcanzar la sabiduría de Dios, comprender su lógica, para acabar hechos un lío. Pero Iñárritu quiere encender, por lo menos, una pequeña bombillita, que comprendamos algo sobre el hombre, sobre los hombres. 

 También Paul Haggis intenta poner en orden sus reflexiones sobre el racismo y la complejidad humana en Crash. Historias que se cruzan como siguiendo un esquema perfecto. Ningún cabo queda suelto, todo parece poner orden en el caos de libertades que pueblan la tierra. En la película todas las historias parecen seguir una dirección prefijada, se percibe cierta artificialidad que conduce a un cruce inevitable de los distintos personajes. Con un tono similar al de Babel, serio, lleno de silencios, cargado de tensión, el director crea una telaraña perfecta, demasiado perfecta para ser real. Aunque no en la misma película, Haggis también escribió el guión de las películas de Clint Eastwood Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima. Aunque en la película no hay juegos de malabares evidentes de personajes cuyos destinos se cruzan, si uno ve ambas películas crea esas relaciones de forma casual. Y es que las vidas de los soldados de los dos frentes se cruzaron, por casualidad, por destino o por providencia, pero seguían siendo extraños para los otros. Así como Iñárritu crea unos lazos que se cruzan de forma discreta o de forma casual, Haggis parece atar nudos guiado por el destino

 Al ver estas películas uno puede plantearse si habrá situaciones así en la propia vida. "Quizás en el pasado me crucé con esta persona a la que ahora debo tanto"...  Y así como en Crash uno llega a descubrir esos lazos, muchas veces nos quedaremos con la duda. Un destino que controla la vida del hombre parece forzado, pero si la fuerza que une personas es el azar estamos hablando de algo más cotidiano. Paul Thomas Anderson plantea una reflexión sobre el azar en Magnolia. El arranque de la película ya plantea esa eterna duda de "esto no puede pasar" que mantiene hasta el sorprendente final.

 Las historias que Anderson entrelaza en Magnolia ya estaban unidas desde el principio, por lo que no hay nada forzado (más o menos). Todos los personajes estaban ya relacionados aunque la historia nos empiece a contar la historia desde antes de su relación o en un momento en que esa unión había quedado aparcada. Es como si en vez de contar unas historias paralelas, el director hubiera cogido un grupo de personas y hubiera buscado a quienes tienen relación con ellos. 

 Aunque cruda (parece que las reflexiones sobre lo que une al hombre están muy unidas al dolor), mezcla todo tipo de sentimientos, ofreciendo una paleta de muy distintas reacciones frente al dolor o las situaciones incómodas. Los personajes, de manera orquestada, llegan a un mismo clímax en sus historias que se resuelve con un suceso desconcertante que consigue devolver a todos a la paz y la esperanza. Esa pregunta que la película plantea con los ejemplos que abren la cinta no es una duda de verosimilitud sino de asombro. ¿Puede esto pasar? no como en Crash donde el universo entero parece andar sobre la cuerda floja en un equilibro perfecto y armonioso, sino por la propia historia. No se pregunta por el manejo del guión, sino sobre el manejo del mundo y los caprichos del mismo. Y aunque el final saca al espectador del mundo que había configurado en su cabeza, solo podía haber ocurrido de esa manera. Una especie de deus ex machina que descoloca y llena de paz a los personajes, no por esa simple intervención, sino porque una vez ellos han solucionado sus conflictos ya solo les queda ver lo absurda que es esta vida y las sorpresas que depara. 




 Puede ser que quien vea estas películas, además de montar un puzzle dé un paso más y trate de encajar las piezas de la sociedad. Cada una de estas películas puede estar centrada en un aspecto concreto del hombre (la comunicación, el racismo, el perdón), pero también tratan sobre la sociedad. Cuando un individuo sufre, la sociedad, como un ente orgánico, lo siente, porque al final todos somos humanos, todos tenemos las mismas miserias y las mismas reacciones.


jueves, octubre 25, 2012

Robert, aprende algo de Bruno



Querido Robert:
En realidad lo de dirigirme a ti como "querido" no sé si tiene mucho sentido. Sabes que te conocí cuando nada podía llevarme a llamarte así. Descubrí que cuando el miedo se consigue con un simple gesto de tipo duro, cuando el malo de la película es un tipo atractivo e inteligente, cuando no es necesario dar sustos para que el espectador grite; entonces estamos ante una gran película. Robert Mitchum, incluso tu nombre es una especie de encarnación del terror. No sé cómo lo haces, pero en tus películas consigues controlar la mente de los espectadores. Cape Fear muestra con delicadeza tu andar, tu mirar, provocando más de un escalofrío. Un hombre terrorífico que juega dentro del marco de lo legal y consigue atemorizar a una familia. Un personaje sereno que consigue inquietar, un malo de los de verdad. No sé si Gregory Peck está un poco flojo o es que tú conseguiste imponerte totalmente a pesar de la pelea en el agua. La verdad es que no es una película muy buena, pero, Mitchum, consigues mantener al espectador pegado a la pantalla todo el tiempo, sin pestañear, no vaya a ser que al cerrar los ojos aparezcas a su lado.

Además en esa películas recuperas ese mal hábito tuyo... Algo tienes con los niños... Ya sabía yo que tu vena de predicador y barbazul no había desaparecido totalmente. ¿No te colgaron en aquel pueblo americano? Quizás te escapaste y unos años después reapareciste por el río para buscar una nueva presa. Debiste de borrar aquellos tatuajes de sus manos con láser. Y, siento decirte esto, Robert, pero habías abandonado aquel estilo tuyo para convertirte en un macarra con flores hawaianas. Robert... Me gustabas más con aquel chaleco, con aquel sombrero de predicador. Si hubiera sido viuda... Hubiera caído en tus garras casi seguro. Aunque hubiera desconfiado un poco al verte hablar con tu dios (ese que te habla no es el Dios verdadero) con esa especie de aureola que enmarca tu mirada en la oscuridad. La noche del cazador... Y tanto. ¿Cómo pudiste ser tan cruel? Se me encogieron las tripas al ver a aquella mujer dulce y delicada convertida en un alga más. Aunque, te lo concedo, tu discusión con ella la noche de bodas fue un poco más delicada que la que tuviste con aquella muchacha a quien intentaste conquistar y utilizar en el cabo del terror. ¿Y lo de perseguir a esas criaturas de aquella manera? Mala hierba nunca muere, ¿eh? Sé que querías el dinero, pero ese rollo de vaquero misterioso en la lejanía es un tanto... creepy. En cambio perdiste toda la sutileza cuando llevabas aquellas pintas de macarra. Y dejaste tu sutileza para ser una especie de presencia peligrosa en la vida de la hija de Gregory Peck. Eso sí, había algo atractivo en tu mirada. Esa pose chulesca que siempre tienes, esa mirada que tan pronto es adorable como amenazadora... No sé qué es, pero hubiera intentado salvarte de la horca a pesar de los pesares.

Creo que escondes un resquicio de bondad. Sí, hubiera intentado salvarte, igual que lo hizo aquella monja que encontraste en una isla. La verdad es que aunque eras un pelín bruto al final consiguió ablandarte. Pero no sé por qué nunca me dio muy buena espina. Lo siento, Robert, pero todos recordábamos tu pasado, no nos hubiera gustado verte conquistar a una monja, eso no Solo Dios lo sabe... Y ella, aunque parecía buena e ingenua, seguro que te había visto antes con aquel sombrero de ala. Intento convertirte. Pero después de la guerra y tu fracaso con aquella mujer te fuiste a buscar a aquella niña hija de Atticus.

Ojalá hubieras aprendido algo de Bruno. Él... bueno, es un ángel. Y siempre lo será. Bruno Ganz sobrevolaba El cielo sobre Berlín, preocupándose realmente por quienes estaban ahí abajo. Escuchaba a quienes, agobiados, se debatían en duelos internos. Acariciaba al desesperado, al aburrido, al colérico. Pero quería vivir, amar, tomar café. Envidiaba nuestra vida. Así que allí, junto a una cafetería provisional de esas montadas en una especie de remolque, tomó una decisión. Y su vida empezó a tener color. 


También conservaba aquella ingenuidad llena de admiración y cariño en La eternidad y un día. También ahí tomaba resoluciones junto a la vagoneta de los cafés y salchichas. Sé que los ángeles no tienen nacionalidad, pero siempre me he preguntado en qué lugar de la tierra cayó Bruno. Sé que se lanzó desde la Columna de la Victoria y que cayó a todo color, pero aunque comenzó hablando alemán, también dominaba el francés, el italiano. Debe ser que los ángeles hablan todas las lenguas que el corazón humano domina. Después de todo, Bruno visitaba las bibliotecas, los metros, el circo. ¿Cómo no iba a aprender todo lo aprendible? Lo siento, Robert, pero aquel ángel que abandonó la coraza conocía a cada hombre. Todo lo había visto. Aparte de que él sí había visto cara a cara a Dios, conocía lo que hace más humano a los hombres, conocía esa línea de la vida y la muerte. En Berlín trató de que muchos no la cruzaran, pero eligió dar el paso al otro lado por una acróbata. En Grecia (sí, también estuvo en Grecia y hablaba perfecto griego) pasó su último día a este lado paseando sobre la delgada raya dibujada en el suelo con tiza. Ese día que robó a la eternidad sirvió para encontrar ángeles como él, ángeles del pasado, del presente. Niños, ancianos, bodas. Y él seguía acercándose a aquella furgoneta que vendía salchichas. Después Bruno decidió volver a dar un salto, esta vez mortal, tras acercarse peligrosamente a un grupo de terroristas. Y entonces hablaba inglés con acento alemán. Nunca entendí cómo llegó a ser un miembro de la policia secreta de la Alemania Democrática. Sin identidad. Y eso que no era él quién había olvidado su pasado. 

Robert, quizás esto te haga añorar tu pasado. Quizás quieras regresar a aquel pasado de bondad que seguro existió. Si quieres puedes revisar algunas fotografías en Facebook. Porque sabes que las imágenes y las historias se complementan. Quizás no me creas y no quieras aceptar que tienes un fondo que podía ser de ángel. Una imagen, una historia. Revísalas si quieres en la página del blog. Puedes empezar por las tuyas propias, por las de aquella Noche del cazador, por las de aquellos días de los que Solo Dios sabe, por tu andares inquietos en el Cabo del Terror. Y si aún queda algo de esperanza en ti, Robert, siempre puedes copiar algo de aquel ángel que sobrevoló El cielo sobre Berlín y que siguió siendo un ángel durante La eternidad y un día.

sábado, agosto 25, 2012

Cine y memoria

 
  Tengo un amigo que tiene un olor característico. Debe ser el único de mis amigos y compañeros que usa esa colonia (tengo que preguntarle cuál es). De vez en cuando, en las situaciones más variadas, caigo cerca de alguien que huele exactamente igual que él, entonces la mente, la memoria, empieza una carrera hacia el pasado y saca todas las imágenes y sonidos relacionados con ese olor. Al principio le cuesta localizar las secuencias de la gran bobina de mis recuerdos, pero en seguida se enciende la bombilla del proyector y una secuencia de montaje aparece en la pantalla: aquel rodaje en el plató, esa conversación bajo el sol con un Ipad, un café de avellana espolvoreado de momentos amargos, un gesto para colocar el flequillo en su sitio... Mi memoria vuelve a proyectar siempre en imágenes y sonidos, en material audiovisual. Hay veces también en que un decorado, un paisaje, me trae escenas que allí sucedieron. Un paseo en coche por ese lugar mientras hablábamos de las amistades de guerra, una conversación en aquel banco, una espera frente a aquella tienda, un enfado en una parada de autobús. Pienso que la película de Malick, El árbol de la vida, está montada como el pensamiento humano: fogonazos de memoria, imágenes sueltas, conversaciones a raíz de un lugar, de un personaje. Porque aunque para narrar solemos utilizar el orden cronológico, la memoria compone versos libres. Pero me estoy yendo lejos, porque no sé nada de psicología ni es de lo que quería hablar, no vaya a ser que acabe dudando incluso de mi propio nombre. 


  ¿Cómo recordamos a los egipcios? De perfil. ¿A Luis XVI? En color pastel y con peluca. ¿Y a Hitler? En blanco y negro. Quienes hemos visto decenas de películas bélicas anteriores a Ryan y quienes lucharon en Vietnam, coloreamos las batallas con la escala de grises, incluso esas películas más recientes rezuman esas tonalidades grisáceas. Los gangsters se esconden bajo el ala del sombrero mientras dejan entrever un fusil gris entre los grises pliegos de su abrigo negro y sus zapatos se acercan al charco negruzco junto a su última víctima. El arte nos facilita conocer el pasado por sus representaciones. El cine y la fotografía dan un salto, grabando imágenes más cercanas pero tiñéndolas de blanco y negro. El cine crea en mi mente imágenes del mundo, pero ¿y cuando es el propio mundo el que crea imágenes del cine? No sé si es algo común, supongo que el dedicarse al cine influye, pero en mi cabeza hay vivos recuerdos que no proceden del mundo sino de la pantalla.

  En estás últimas vacaciones me he encontrado, sin quererlo, con grandes momentos del séptimo arte. Lo primero que me hizo caer en esto fue un paseo en barca por la Albufera de Valencia. Ya en la barca, que podía ser impulsada mediante una pértiga, nos desplazábamos entre estrechos pasillos de altos juncos. Había patos, el agua lanzaba destellos al reflejar el sol del atardecer, la barca se desplazaba sigilosamente, como escondiéndose. Y pensé que ya había estado ahí, pero con sol del mediodía. Pero en mi recuerdo las palabras, consejos e indicaciones no eran en valenciano, sino en italiano. Porque yo no había estado en esa barca, habían sido mis camaradas de la resistencia italiana en el último episodio de la película de Rossellini, Paisa. Y cuando vi atardecer allí mismo pensé que era un momento digno de El árbol de la vida o incluso de Apocalypse Now si entre tanto junco hubiera habido alguna palmera o un helicóptero sobrevolando las aguas con Wagner de fondo. Al acercarnos a la orilla y comenzar a saltar fuera de la barca vinieron a mi mente aquellos chiquillos que asustados huyen por el río y se refugian entre vacas. Ya al salir, vi una pequeña balsa hecha con gavillas de paja y me acordé de magnífica Amanecer de Murnau. 



  Recordé que unos días antes había visto unas fotografías de mi hermana en su viaje por Europa y estuve a punto de llamarle para explicarle lo que se había perdido. Vi una foto de ella y sus amigas en Viena junto a la gigantesca noria donde Harry Lime explicaba a Cotten su comparación con las hormigas. Subieron a esa noria sin conocer aquella intensa conversación. No sé si se fijaron en la placa que recordaba tan memorable suceso (si no hay una placa así, debería haberla). Sé que estuvieron también en la ópera donde sí hay una placa que recuerda a Mozart, pero ¿habría también otra que recordara a Wolfie y al hombre de la máscara doble? En Salzburgo no subieron al mirador donde fräulein Maria enseñaba la escala a los niños del general. En Milán no vieron a los mendigos de De Sica que sobrevuelan la ciudad en escoba. En Berlín no estuvieron, ¿pero qué más da si seguramente no hubieran tratado de encontrar a Bruno Ganz sentado en la escultura dorada?

miércoles, abril 11, 2012

El último metro (Le dernier métro, François Truffaut 1980)


Hace mucho que vi Los 400 golpes de Truffaut. Hace quizás demasiado. Y quizás el olvido y el estudio de la historia del cine me llevó a ver El último metro como una especie de experimento cinematográfico. Pensaba encontrar algo críptico tipo Hiroshima mon amour de Resnais o algo estilo Al final de la escapada de Godard. Y encontré algo que me sorprendió. Una tragedia entre bambalinas con un estilo parisien que me recordó a Sous les toits de Paris (esos ciudadanos que se juntan en las calles para cantar y olvidar los momentos malos en la capital francesa). Truffaut decía que no se trataba de una película política, ya que eso era algo burdo. Su película gira entorno a los sentimientos de sus protagonistas. 

Estaba dispuesta a encontrarme con estructuras un tanto complejas propias de la Nouvelle Vague, pero salvo algún momento puntual, la película sigue bastante las convenciones a que estamos habituados. El director parece aprovechar algún recurso diferente, como el comienzo semi-documental, algunos planos con cierta añoranza de la Nueva Ola o esos personajes nada prototípicos del cine hollywoodiense. Los personajes atraen desde el primer momento. Catherine Deneuve no es ya aquella joven inocente de Los paraguas de Cherburgo sino una hermosa y madura mujer capaz de cagar con un teatro, un marido escondido y todos los dramas de una época. Gerard Depardieu, joven, tiene un gran atractivo en la película.


El momento histórico y la trama teatral permite un gran lucimiento artístico sin distraer de la historia y los personajes. La película es Europea de naturaleza. Intuyo que Tarantino había visto El último metro antes de hacer Malditos bastardos. Lo que en Tarantino se convierte en espectáculo, aquí resalta lo humano e íntimo. Una película de personajes más que de trama histórica. Aunque el componente histórico se hace indispensable. Fascinante final que consigue desconcertar durante unos minutos. Un juego de malabares exquisito a modo redoble de tambores final.


martes, abril 10, 2012

Documental y Propaganda de guerra. Why we fight y Listen to Britain


Propaganda de guerra. Imaginamos una voz autoritaria, unas caricaturas del enemigo, una bandera que ondea. El cine documental ha estado muy próximo a la propaganda bélica. Y es que todo líder político se da cuenta de la gran influencia del cine. Ya lo dijo Lenin: “De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”. Parece que solo los dictadores han tomado medidas más estrictas de control del cine, y al margen de las ideologías y corrientes políticas, hicieron un buen trabajo. Grandes cineastas y documentalistas contribuyeron a crear propaganda durante los tiempos de guerra. El campo de la ficción cuenta con miles de ejemplos de películas de propaganda, sobre todo en la industria soviética y norteamericana, donde los estudios adoptaron las mismas transformaciones que el resto de las industrias pasando a producir material bélico. Durante la guerra, estos países produjeron un gran número de películas de género bélico o ambientadas en periodos de guerra como El acorazado Potemkin o Los mejores años de nuestras vidas

También el documental fue utilizado en el campo de la propaganda bélica. Es muy conocida la película de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad. Las obras de propaganda de los totalitarismos llaman la atención por sus imágenes y discursos grandilocuentes, sin necesidad de recurrir a una voz que dicte la forma de pensar. La propia forma ya crea un discurso, facilmente comprensible por todos. 
Las democracias también recurrieron al cine y al documental. La estructura del noticiario es más típica de este tipo de producciones. Los grandes del cine de Hollywood contribuyeron a la causa en la Segunda Guerra Mundial con una serie de documentales titulados Why we fight.  El primero de estos documentales, Prelude to war, dirigido por Frank Capra ejemplifica el típico documental de propaganda bélica. Imágenes y comentarios claros, una voz "paternal" que indica el buen camino. Capra reúne gran material de archivo para construir su discurso bélico.



Otro estilo de propaganda bélica es el del británico Humphrey Jennings en Listen to Britain. Jennings recoge los sonidos de Gran Bretaña en el periodo de la guerra. Las escenas cotidianas de mujeres, soldados de permiso, fábricas armamentísticas son unidos por un hilo común: el sonido. El documental no recurre a una narración para explicar el impacto de la guerra en el país. Con cierto tono poético, Jennings no olvida que el cine es un medio sonoro también. Listen to Britain es un documental breve, de unos 20 minutos, que también se preocupó en el cuidado de la forma, por lo que aún hoy nos puede parecer interesante y atractivo.



lunes, marzo 19, 2012

Cine y crisis



Crisis, una palabra de moda. No quiero hablar de películas pegadas a la actualidad financiera sino de películas de crisis personales. Partiendo de que en toda película con una narrativa clásica el protagonista pasa por varias crisis, hay cineastas que construyen su obra alrededor de grandes crisis personales. Crisis de valores, de convicciones, de identidad. Grandes películas sobre problemas esencialmente humanos, comunes a todos nosotros. Situaciones que a todos nos pueden pasar y que nos acercan misteriosamente a la película, a los personajes. Por ello son películas que se quedan con nosotros, personajes que volvemos a ver una y otra vez con el transcurrir de la vida.

Comenzaré con la más antigua: Amanecer (Murnau, 1927). Bellísima película expresionista cinematográficamente. Cada ángulo, cada recurso del montaje, cada composición, crea una sensación en el espectador. Una infidelidad y una decisión radical que llevan al protagonista a una gran crisis. Una lucha entre el bien y el mal simbolizados en dos ciudades y dos personas. El campo y la mujer que cuida amorosamente de su bebé son el bien; la moderna ciudad y la amante egoista son el mal. En medio, un hombre confuso, un hombre en crisis. 


El hombre cae en la tentación de la mujer de la ciudad y decide acabar con esos hilos que parecen esclavizarle y "cortarle las alas". Tiene momentos de duda, diálogos con la tentación, maravillosamente mostrados mediante sobreimpresiones. El hombre va a tomar una decisión drástica, lo planea todo. Un perro parece ser el único que pone en sobreaviso a su mujer. Ella empieza a temer en la barca. Y ante el temor de ella, el marido se arrepiente. Llegan a la ciudad donde ella intenta huir de su marido, tratando de explicarse lo que ha ocurrido. Él le pide perdón una y otra vez. Enfadado consigo mismo, arrepentido, intenta consolarla. Ella sigue confusa y dolida. Ambos deambulan por las calles, mudos. Llevan el drama a la gran ciudad. El perdón ante los hombres no parece suficiente. Es entonces cuando ambos entran en una iglesia donde una pareja contrae matrimonio. Y solo al ver un amor nuevo que trasciende lo humano, el marido comprende lo que ha hecho y se arrepiente de verdad. Solo con esa carga de trascendencia él se arrepiente y ella perdona. 


Pasean por la ciudad de nuevo. Esta vez ya no es un lugar malvado, sino una nueva oportunidad donde comenzar su historia de amor. Vuelven a hacerse jóvenes, a recuperar la alegría y el valor de su matrimonio. Un renacer a la vida y el amor tras una fuerte crisis. Tras haber vuelto a encontrar el sentido de su vida, sufre la muerte de su mujer. Pero ese amor verdadero provoca la "resurección" de la mujer. El amor ha salvado a los dos. El pueblo deja de parecer aburrido para ser un lugar luminoso. 

También Cal en la película de Elia Kazan, Al Este del Edén, está sumido en una profunda crisis. Su padre, Adam (padre de todos los hombres) parece no reconocerlo como hijo suyo, él interpreta ese papel que su padre le ha asignado. Una historia de dos hermanos, uno ejemplar y el otro rebelde y atormentado. Los hijos de Adán, Caín y Abel. La Biblia nos cuenta que Caín mató a Abel por celos, por la ofrenda perfecta que su hermano había hecho. James Dean intenta ganarse el favor de su padre. Tras descubrir que toda su historia es falsa, tras conocer a su madre que pensaba muerta, entra en una gran crisis. Abandonado por todos, sin el amor de un padre, de una madre, decide "gastarse su parte de la herencia".  Y al caer en todas las miserias decide volver al padre, como un hijo arrepentido. El hijo pródigo vuelve a casa, a sus orígenes, donde su hermano Aron siempre había permanecido. Y el hijo mayor se pregunta cómo ese pecador que abandonó a su padre es tratado mejor que él, que siempre estuvo a su lado. Pero el hijo desaparecido se encuentra ante su propia incapacidad para hacer el bien y la crisis estalla. 


Abel (Aron) muere, Caín lo mata al mostrarle, en un ataque de ira e incomprensión, las mentiras de su padre. Pero Cal queda expulsado del paraíso. Lejos de su padre, solo de nuevo. Cal no puede volver a la paz hasta saberse perdonado por su padre, hasta saberse querido por sí mismo. Y el amor vuelve a curar, a superarar la crisis. 

La película de Terrence Malick, El árbol de la vida, es quizás una de las películas más esperanzadoras ante una crisis personal. Jack (Sean Penn) se despierta tras haber soñado sobre su pasado. Ese sueño turba todo su día. En el trabajo recuerda a su hermano muerto en el pasado, habla con su padre a quien parece culpar de lo sucedido. Su día queda marcado por la duda, una revisión a su vida. Levanta el pensamiento a Dios, su memoria se pierde en retazos de su vida. La muerte de su hermano supuso una gran crisis familiar de la que parece no haber salido. Pregunta a Dios por su sufrimiento, Jack se plantea el sentido de su existencia, los porqués de su vida. Y Terrence Malick consigue mostrar esas crisis profundas en que uno comienza a dudar de todo: sus acciones, sus relaciones personales, su familia, la existencia de Dios, el porqué del mal, la esencia humana en comparación con la grandeza del universo. Y Dios parece responder a Jack. Le hace entender que somos solo una parte ínfima de la creación. Una creación llena de misterios y dotada de una gran belleza. El hombre el rey de la creación.


Entonces, como en pinceladas, Jack recuerda algunos momentos de su infancia. Desordenados, impresiones sensoriales grabadas en su imaginación. La película se centra en la relación de Jack con su padre y en el paso a la primera madurez del niño. Los enfrentamientos con el padre se intercalan con momentos de contemplación de la vida familiar y momentos de paz, casi angelicales, que tienen como protagonista a la madre. Los personajes hablan con Dios, le preguntan por el significado de sus vivencias, le agradecen sus dones y le piden ayuda. El niño mayor comienza a darse cuenta de que puede ser protagonista de sus historia, y ve como dañiño el control paterno. Busca la tentación, como cualquier niño en su despertar a la madurez. Pero aunque Jack actúa, también observa. Son magníficas las escenas en que el padre abraza a su hijo con infinito cariño y éste se halla confuso entre el amor que ha de tener a su padre y el odio que comienza a germinar en él.


Malick consigue detener mil y un detalles típicos de cada familia. Sin necesidad de grandes dramas ni tragedias, la vida de esta familia es la nuestra. No recuerdo ninguna película que consiga captar tanto de forma tan sencilla. El comienzo muestra una familia envidiable, parece que todo es bello, a pesar de los pequeños celos entre hermanos y las gamberradas de los chicos. Pero vemos que son una familia como cualquier otra. Sufrimos por el comportamiento del padre, pero le entendemos. Hay dos escenas en la película que dejan sin respiración. Una es el momento en que Jack se acerca a su padre que arregla el coche. Justo antes hemos oído las oraciones del chaval: "Ayúdame porque hago cosas que no quiero hacer. Ayúdame a no contestar mal a mi padre, a querer a mis hermanos". Y en medio de sus oraciones oye a su padre. "Haz que se muera". Jack se acerca a su padre, al gato que levanta el coche. Y tememos lo peor.


También nos hiela la sangre la escena de la discusión en la cena ante la mala contestación del hermano mediano. Sabemos que no va a suceder nada trágico, pero nos vemos en ese comedor. Comprendemos a nuestros padres, a nuestras madres. Recordamos peleas en nuestra casa, pequeñas insolencias de los niños. Los problemas de esa familia son los problemas de cada familia. Pero Dios está presente, y quizás por eso todo parece tener un sentido y una belleza intrínseca. Esa crisis de la madurez acaba con la inocencia del chaval y parece marcarle para siempre.

Dios continúa explicándole a Jack adulto el sentido de la vida y qué es el hombre para Dios. El final de la vida resulta majestuoso: Una visión del fin del mundo, de la resurreción de los muertos. Jack se reencontrará con toda su familia, ya no importarán los sufrimientos, el perdón será posible y sincero. Su padre le abrazará, y su hermano mediano muerto no le culpará. Jack comprende que los sufrimientos de la tierra no son nada comparados con la alegría del final. Su crisis de personalidad ya de adulto parece encontrar una luz, un sentido, algo hacia donde dirigirse. Es quiezás como ese dinosaurio del comienzo que parece que va a acabar con la vida del otro. Solo aprieta y se aleja, mirando hacia ese río que no deja de fluir. Sean Penn ya puede sonreír de nuevo.

lunes, marzo 12, 2012

He visto la cara de Dios, y sonríe.

No, la muerte no es algo extraño al cine. En gran parte de las películas el héroe ha de morir para que su vida tenga un final dramático. Y si no es el protagonista quien muere, es su amigo, pareja, hijo, padre, etc. Hay muertes de inocentes que sirven de catalizadores, hay muertes de amigos que sirven de redención, hay muertes de malvados que funcionan como castigos, hay muertes de héroes que se convierten en catarsis y purificación. No, la muerte no es extraña al cine. Pero, ¿y la muerte como protagonista, como actor?
Retomo este post a medio escribir y pensar después de haber visto El árbol de la vida y Melancholia. Y de volver a ver Alumbramiento de Victor Erice. Después de una clase sobre iconología donde han salido mil elementos, ideas, películas y personajes que llevaban una temporada paseando por mi cabeza sin querer unirse ni saltar al lenguaje escrito. Las lanzo para que una vez ya en el papel (en la pantalla) no se hagan las vagas y comiencen a moverse: O Brother, guadañas, parcas, hilos y relojes. Frankenstein, bebés y una partida de ajedrez. Sokurov, Bergman y Dreyer. Retomo el hilo de pensamiento de hace unas semanas al que uno un cabo esperanzado por las nuevas ideas y por el anuncio de un niño a punto de nacer justo tras ver el corto de Erice.



Pensaba en la película O Brother! Ya hablé de ella, desde el fondo del perdón, dejando pendientes los temas visuales. ¿Cómo no descubrir ahí a esa muerte que merodea, que persigue? Va siguiendo a los protagonistas, implacable.


Viene del mismo infierno, del Hades, donde solo hay fuego y odio. Viene siempre con su Cerbero. Y no deja de seguirles hasta poner a los personajes al otro lado de la Laguna Estigia. Allí esperan las Parcas, ciegas, preparadas para cortar el hilo de sus vidas.


Los hilos que separan la vida y la muerte cuelgan de un árbol. La muerte les ha seguido constantemente, sin perderlos de vista. Controlando cada segundo de sus vidas.

La muerte juega con los hombre, se acerca con la guadaña, los vigila de cerca, se hace el encontradizo, se presenta en el camino, se acerca y se aleja. Nos reta como en El séptimo sello de Bergman saliendo siempre vencedora. Pero la muerte puede ser cruel (ese baile terrorífico de Melancholia) o amable (como ese otro baile de la obra de Bergman) o estrambótica y sin sentido (la marcha-danza nocturna en La dolce vita)

La muerte de Bergman, la muerte de Dreyer en Ordet, coge a las personas y las lleva a otra parte. Van danzando a otro lugar, tal vez incierto, pero a otro lugar. Aun en el Hades, las almas permanecen. Y en algunos casos regresan al mundo de los vivos. Orfeo bajó a los infiernos a rescatar el alma de Eurídice (Disney mandó a Hércules allí abajo a por Megara). Lot parecía estar a punto de salvar a su mujer cuando esa re-visión de lo que dejaba detrás la convirtió en una estatua de sal. Ese querer comprender, conocer, los secretos de la muerte, sus caprichos, no dan lugar a la esperanza de una salvación.



Jack en El árbol de la vida de Malick mira atrás continuamente. Intenta buscar explicaciones en su padre. Ese padre que parece querer controlar cada segundo de la vida de sus hijos desde el ático. Jack convierte a su padre y a su hermano en una estatua de sal. Pero hace un segundo viaje a la Laguna. Es más bien, arrebatado a ese lugar. Es llevado a re-visionar su vida hasta mucho más atrás, hasta los mismos orígenes del mundo. Y es ahí donde descubre que la muerte continúa su danza después de esta tierra.

Ya lo decía Jorge Manrique tras la muerte de su padre. Y lo han dicho muchos otros. También en el cine:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
  qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
  e consumir;
  allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
  e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
  e los ricos.



Este mundo es el camino
para el otro, qu'es morada
  sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
  sin errar.
  Partimos cuando nascemos,
andamos mientra vivimos,
  e llegamos
al tiempo que feneçemos;
assí que cuando morimos,
  descansamos. 




Jack (Malick) parece decir que él ha visto la cara de Dios ("Grace"), y sonríe.

"Estoy sediento del Dios
que da la vida." Salmo 41.

miércoles, febrero 15, 2012

El delator (John Ford, 1935)

 "Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata." (Mt 27,3)
Así comienza la película de John Ford El Delator (The informer). Y es que toda la película es sobre esos remordimientos del traidor.  Gypo Nolan es un rebelde irlandés que delata a uno de sus compañeros, Frankie, que muere a manos de los ingleses. Gypo recibe 20 libras por su traición. En billetes de una libra. Sus treinta monedas. Y no es que fuera un traidor, no odiaba a Frankie. Gypo era amigo de Frankie, pero lo vende por un dinero que quiere usar para marcharse con su novia, que ha tenido que salir a la calle para ganarse la vida, a América. Al ver las consecuencias de su traición acude al consuelo de un mal amigo: el alcohol. Malgasta su dinero, pasea por la ciudad de taberna en taberna, de antro en antro, pretendiendo olvidar su pecado. Frankie se le aparece una y otra vez en los carteles de la ciudad. La madre del "mártir" reconoce a Gypo como amigo de su hijo, lo defiende. Pero Gypo huye donde nadie le culpe, donde nadie sospeche de él; sin saber que le observan y le siguen. Inconscientemente devuelve sus monedas, entrega sus billetes manchados de sangre a otros pecadores que se enriquecen gracias a las miserias de los dublineses. Gypo ríe, Gypo llora. Acosado por el remordimiento.


Gypo es juzgado por un tribunal popular que recuerda a M, el vampiro de Düseldorf. Sentenciado. Pero consigue escapar. La familia de Frankie intercede por él, sin suerte. Katie, la novia de Gypo, llora por él, sin suerte. Es Gypo quien se ha condenado a sí mismo. Pero Gypo, en su último suspiro, acude a la madre del ajusticiado. La madre de Frankie le perdona. Y Gypo, que ya no es Judas sino Pedro, acude al encuentro de Frankie, con la confianza de la intercesión de su madre.


lunes, febrero 06, 2012

El arca rusa (Alexandr Sokurov, 2002)

 No sabría muy bien cómo definir El arca rusa de Sokurov. No es ficción, no es documental, no es un ensayo audiovisual. ¿O quizás sí? Un experimento visual y cultural. La película es anunciada con lo siguiente: "2000 cast members, 3 orchestras, 33 rooms, 300 years, ALL IN ONE TAKE". Impresionante. 
Sokurov se lanza a varios océanos vastísimos: Una película de hora y media en una sola toma, un rodaje en el Hermitage, un ejercicio histórico-cultural... Muchos logros en una misma cinta, pero sobre todo El arca rusa es una película de gran profundidad. La historia rusa se entrelaza, aparece y desaparece en los pasillos del palacio. Y el Hermitage se convierte en un personaje más, no en un mero decorado. Al comenzar la película esperamos el corte, pero una vez transcurrido un rato, nos olvidamos del montaje, porque la cámara se desliza como un fantasma que todo lo ve. El ejercicio de la cámara es exquisito y a ello se unen los magníficos efectos digitales de fotografía, que crean unos ambientes oníricos que me recordaron a otra obra del director, Elegía de un viaje. Las reflexiones acerca de la historia, cultura e identidad rusa se mezclan, como en una labor de finísimo bordado. Lo más filosófico apoyado por una puesta en escena muy mimada. Magníficos vestidos, obras de los más grandes artistas, grandes figuras de la historia, música, bailes fastuosos... Un marqués frances guía a la cámara como un fantasma. Mantiene una conversación con el director. Y se expone, presentándose a personajes que vagan por el palacio. Supongo que me he perdido mil detalles por desconocimiento de historia rusa. Conozco a los zares, a Catalina la Grande, Pedro I, Nicolás y Alejandra. Vemos a Pushkin, al actual director del museo. Una conversación con la cultura, Europa, Rusia, el Arte.


La película va intrigando, llenando de asombro. La escena del baile final llenan de mil emociones. Todo el recorrido por el palacio nos conduce ahí, al último gran baile de la Rusia zarista. Y la salida del magnífico evento se convierte en un choque: ¡Adiós, Europa! Todas esas sedas y brocado bajando una impresionante escalinata que lleva a un cambio radical, a un desgajamiento de Europa. Ese último descenso resulta majestuoso, una explosión de sensaciones, una superabundancia visual, histórica y cultural. 
Es complejo comunicar una experiencia. Y El arca rusa lo es, no es una simple película. No hay una historia, hay 300 años de Historia. Un arca, como la de Noé, donde poner a salvo la identidad de un país: su cultura.

Y el comienzo del documental sobre el rodaje de la película

miércoles, enero 18, 2012

(Vívida) Experiencia vivida


Nos gustan los testimonios personales. A todos. No me refiero a momentos o confesiones íntimas, sino a narraciones de experiencias vividas. En el colegio estudiamos historia, historia de la literatura, del arte, de la ciencia. Nos gustan las anécdotas que ayudan a recordar mejor las teorías. No retenemos tanto los datos como las narraciones. Me acuerdo de aquella serie con la que tantos niños aprenden historia y fisiología: Érase una vez. Recuerdo haber visto el capítulo del sistema linfático en 4° de la ESO. Tengo un conocimiento visual, pero creo que en general se entienden mejor las cosas cuando las personalizamos. Me gustaban aquellos glóbulos rojos, aquellos anticuerpos que tenían una introducción, un nudo y un desenlace. Una misión, unos antagonistas... No recuerdo mucho de genética, pero me acuerdo de los guisantes y de la familia Real, del zarevich hemofílico. Y en Historia me sucede lo mismo. No recuerdo los datos,las fechas; no recuerdo el listado de causas que llevaron a la Revolución Rusa, pero recuerdo un gato, una foto en una cabaña, un fotógrafo armado y joyas. Recuerdo la película de Nicolás y Alejandra o El Acorazado Potemkin más que el manual que tuve que estudiar en primero de carrera. No recuerdo las etapas de la pintura de Van Gogh, pero veo el rostro ansioso de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo. Y no conozco bien la guerra Civil española pero están fijas en mi memoria las anécdotas de unos estudiantes de Madrid que huyeron por los Pirineos, la prohibición de acudir a los comedores populares a una niña que ahora supera los 80 por su madre, las hazañas de unos daneses que vinieron en bicicleta para unirse a las Brigadas Internacionales, una fotografía de mi abuelo en el frente y la explicación de mi padre: "su hermano estaba en el bando contrario, probablemente se enfrentaran en aquel lugar". Nos parece conocer mejor la Historia con una película histórica que con un documental. Sabemos cómo se sentían las personas (aunque a las que hemos tratado sean ficticias). La literatura también nos lleva a ese conocimiento afectivo y personal. La televisión se llena de programas (más bien morbosos y de escasa calidad) de testimonios. Nos encanta conocer los entresijos de los rodajes, las anécdotas de personajes históricos, los recuerdos personales. Nos atrae la subjetividad y nos lleva a un conocimiento verdadero de la realidad, del mundo histórico. Ese subjetivismo que tantas veces criticamos no impide el acceso efectivo a la realidad. La experiencia vivida se convierte en algo vívido, un conocimiento más profundo. Y por eso los documentales no pegan de falsedad si recurren a la subjetividad como método narrativo. A veces pretendemos que la vida sea blanca o negra y nos parece que lo no verificable empíricamente no es válido. 

El documental The thin blue line de Errol Morris será escándalo para muchos. Se narra un crimen desde distintas personas. Una especie de adaptación de Rashomon al cine de no ficción. El crimen sucedió. Hay un hombre muerto, un condenado, un absuelto, un juicio, varios testigos, una resolución. Pero quizás la resolución no sea justa, no responda a lo realmente sucedido. The thin blue line nos muestra la posible recreación del hecho desde las distintas versiones de los implicados. No ofrece una conclusión diáfana, no parece haberla. ¿Pero es menos real? Sabemos que la recreación no nos está mostrando la realidad misma, pero si abre horizontes a ese hecho. Ahora conocemos el caso, no por lo que recogieran los periódicos, ni por la sentencia judicial. Conocemos el caso de verdad, porque nos lo han contado los propios implicados.


También las experiencias vividas nos ayudan a conocer sucesos más generales, no necesariamente un caso en concreto. Intimate stranger es un documental sobre Joseph Cassuto, el abuelo del creador, Alan Berliner. Berliner recoge el material de la autobiografía inacabada de Cassuto para reconstruir su vida y comprender mejor su familia, sus orígenes. Cuando ese material ya no le da más pistar, acude a los testimonios de quienes conocieron a su abuelo, a archivos de sucesos históricos. Conocemos a su abuelo, casi en más profundidad que a nuestros propios abuelos, pero también alcanzamos a conocer otros muchos hechos: el éxodo sefardí, la Segunda Guerra Mundial, la cultura japonesa... Desde la experiencia de una persona llegamos a la comprensión de un periodo histórico amplio. Gracias a la subjetividad hacemos nuestros esos hallazgos intelectuales. Y no por dejar de ofrecer un amplio contexto histórico lleno de datos objetivos y empíricos podemos decir que aquello es falso o manipulador de la realidad. Desde esa subjetividad tenemos la tranquilidad de que no hay ningún intento manipulador o engañoso, solo la visión de alguien que vivió aquello.

lunes, octubre 17, 2011

Man on wire (James Marsh, 2008)

Vuelvo a retomar el mundo del documental. En parte por las clases recientes, en parte por el profesor John Corner que me volvió a meter el gusanillo y, en parte, porque es lo que realmente me apasiona. Ahora que estudio Historia del Cine Narrativo, había dejado un poco de lado el documental. Pero he vuelto a pisar la mediateca y he hecho una buena elección.
Ya sabéis cuál es el documental que he visto, pero antes quiero explicar por qué me parecen tan fascinantes los documentales. A ver... una película, una gran película: Ladrón de bicicletas. Bien, una historia conmovedora, llena de belleza y humanidad. No es real. La lista de Schindler, una historia estupenda, apasionante, llena de aventuras. No es real. "Pero Schindler existió realmente". Sí, pero eso que veo en la pantalla sé que no es la realidad, ni una representación de la realidad. Es una construcción. "Vale, Man on wire también es una construcción". Un gran tema... Preguntadme en unos cuatro años. Pero ¿no es fascinante poder ver a Philippe Petit bailando sobre un cable entre las Torres Gemelas? ¡¿Sabías que hubo un hombre que anduvo en la cuerda floja entre las Torres Gemelas?! Es una pregunta genial, una pregunta que no he parado de repetir desde que he acabado de ver este documental. 
Claramente, Man on wire está construído como si se tratara de una ficción. Utiliza las entrevistas para crear una tensión y una intriga propia de las películas de espías, de robos (a las que se hacen varias referencias directas en el documental). Las entrevistas van cobrando más y más intensidad. Realmente, en este documental no podían faltar estos recursos, porque está claro que un tipo que tiene el valor de realizar semejante hazaña, no será aburrido sino apasionado. Y en un documental en el que el peso de la narración recae en entrevistas a los protagonistas es importante contar con personajes así.


Vamos conociendo a los protagonistas poco a poco. La forma en que cuentan la historia es tan atractiva que no se necesita más que una cámara y una silla para ellos. Las entrevistas en el estudio no resultan aburridas ni distantes. También se recurre a una representación del "golpe". Encaja a la perfección en la construcción porque está apoyada por material de archivo: los vídeos caseros de Petit, fragmentos del telediario, imágenes de la construcción de las torres.
El diseño del sonido es también impresionante. Hay mil pequeños detalles que se mezclan con la voz de Philippe y sus colaboradores. Sonidos que se mezclan con los recuerdos introduciéndonos más y más en la historia. Quizás el documental cree un efecto demasiado sentimental, pero esa emoción que consigue transmitir es algo real, no máscara para tapar fallos. Empezamos a entender la pasión de ese hombre, la intensidad de su sueño. Y lo descubrimos humano, incluso "miserable" al final. Si observamos fríamente la historia, no entenderemos las lágrimas de sus compañeros, pero esas mismas lágrimas nos abren un nuevo panorama, nos abren a la inmensidad y complejidad de las relaciones humanas. Un hombre consigue un sueño, su sueño más preciado. En una ficción al uso todos ríen: "y vivieron felices y comieron perdices". En la vida real, en un documental (que intenta atrapar algo de esa realidad), el hombre consigue su sueño y se haya perdido... Ahora ¿qué? Y sus amigos se contagian de esa confusión. Lo que parecía infinito, eterno, imposible, lo más alto ha sido conquistado. ¿Y ahora qué? Es interesante esa reflexión sobre el pragmático "why?". En la vida de los hombres no siempre hay un why. En los guiones de Hollywood ha de haberlo, en la vida... No sé si tiene que haberlo o no, lo que sé es que no siempre lo hay. 
Así que entre el funambulismo, los telediarios, las recreaciones y narraciones de estos hombres, nos acercamos a una hazaña llena de belleza y a un alma llena de misterios. Un alma humana.
Os dejo el trailer del documental y un corto del año 2005 sobre Philippe Petit narrada por el actor Jake Gyllenhaal.


jueves, octubre 13, 2011

Frank Capra y las trompetas. Sobre la curiosidad en el cine.

 He visto varias películas de Frank Capra recientemente, de varios estilos. Pero de lo que quiero hablar aquí es de sus comedias. Sucedió una noche (1934) es una divertidísima comedia de enredos. Una heredera millonaria (Ellie) huye de su hogar para reencontrarse con su marido (con el que se casó a escondidas en contra de la voluntad de su padre). Para reunirse con él en Nueva York ha de atravesar el país a bordo de un autobús. Allí es donde conoce al cínico periodista (Peter Warne) que acaba de perder su empleo y que, comprendiendo quién es, le presta su ayuda para conseguir la exclusiva de su historia. Los dos jóvenes habrán de convivir estrechamente durante el viaje que va llenándose de complicaciones. Los diálogos son rápidos y llenos de una ironía muy fresca. En una de las escenas célebres del cine, Clark Gable coloca una manta para dividir la habitación que han de compartir. Esa manta, recurso al que acuden más de una vez, se llamará "Los muros de Jericó". El periodista, ante la mirada asombrada/enfadada de Ellie, se ve obligado a dar una explicación:
Oh this? Well, I like privacy when I retire. Yes, I'm very delicate in that respect. Prying eyes annoy me. Behold the walls of Jericho! Uh, maybe not as thick as the ones that Joshua blew down with his trumpet, but a lot safer. You see, uh, I have no trumpet. Now just to show you my heart's in the right place, I'll give you my best pair of pajamas.

Gable no tiene trompeta, así que esos muros son muy seguros. Y Capra mantiene la compostura durante toda la película. Al final de la cinta (si quieres que sea sorpresa no sigas leyendo) Ellie, ya en Nueva York, abandona a su marido ante el altar donde iban a formalizar su matrimonio ya con el consentimiento paterno. No vemos a Ellie regresar junto a Peter, pero sí que vemos la puerta cerrada de una habitación de un motel. Se oye hablar de los muros de Jericó y esta vez sí que suena la trompeta. Sí se hiciera un remake ahora de esta obra, creo que los muros de Jericó serían derribados en los primeros veinte minutos de metraje y de forma explicita, totalmente a la vista. Aparte del estricto control de Hollywood sobre las películas de esa época, me parece que ese ser sutil y no mostrar la acción es bastante poderosa.


Creo que todo el mundo peca de curiosidad. Siempre queremos conocer todo, entender todo, ver todo. Debe ser un hecho de la esencia humana, siempre buscamos la verdad y si la podemos alcanzar de forma sencilla, mejor. Es la curiosidad la que hace que enganchemos con las películas biográficas. Es la curiosidad que tan bien comprendía Hitchcock (esa distracción de Jeff en La ventana indiscreta, el voyerismo de Norman Bates en Psicosis, las observaciones desde la lejanía de Scottie en Vértigo...). Por eso nos incomoda el sentirnos observados en un film. Si un personaje mira directamente a cámara, el espectador se siente observado, descubierto en su acto de voyerismo, en su mirada indiscreta.

El cineasta que no se deja arrastrar sin control por esa curiosidad tiene un mérito reconocible. No solo no nos pone las cosas fáciles (la vida tampoco suele hacerlo), sino que, además, da un voto de confianza al espectador. Nos invita a ser los directores de esa escena, nos da la libertad de construir la secuencia con los medios que queramos, con nuestro propio guión y con la puesta en escena más personal que se quiera. Lo hace Rossellini en Roma, città aperta durante la escena del interrogatorio al ingeniero Manfredi; lo hace Fritz Lang en la escena del primer asesinato en M; también lo hace el escritor Oscar Wilde con maestría en El retrato de Dorian Gray; Erice en El espíritu de la colmena; Tarkovsky en La infancia de Iván, Cukor en La costilla de Adán y muchos más.


Parece que los buenos cineastas, esos que serán siempre recordados, luchaban contra sí mismos y buscaban esa forma de hacer visible lo invisible. Sin mostrar visualmente una escena, son capaces de crearla en la mente del espectador. Frank Capra lo hace en otra de sus películas, y también lo anuncia al son de trompetas: Arsénico por compasión (1944). La historia, divertidísima también, pone a Cary Grant (en una interpretación magnífica) en una situación cada vez más complicada. Recién casado y a punto de marchar de luna de miel, entra en su casa para hacer la maleta y despedirse de sus tías. Acabará descubriendo un cadáver en un arcón (al que tampoco nunca vemos). La historia se va complicando y mientras su esposa le grita nerviosa y el taxista espera en su puerta, él ha de encubrir el crimen/crímenes cometido/s por sus adorables tías y otro crimen que su terrorífico hermano aparecido tras muchos años, intenta ocultar en el hogar familiar (no puedo no mencionar al genial Peter Lorre que acompaña al hermano frankensteiniano). Total, que tras las mil situaciones por las que ha de pasar, un desesperado y cansado Cary Grant agarra a su mujer y se dirige a toda velocidad a la casa de ella tocando la trompeta. La puerta se cierra, la pantalla oscurece y las luces de la sala se encienden. Y que sea el espectador quien se atreva a poner imágenes.


martes, octubre 11, 2011

The man who knew too much (Alfred Hitchcock, 1934)


El hombre que sabía demasiado es una de las primeras películas de Alfred Hitchcock, de su etapa británica. En un hotel en Suiza, alguien muere en una situación rodeada de intrigas y sucesos extraños. La hija de Bob y Jill Lawrence es secuestrada por la información que supuestamente poseen. El matrimonio amenazado por los secuestradores no puede acudir a la policía, por lo que ellos mismos comienzan a investigar el paradero de su hija. La historia llena de misterios y falsas apariencias recuerda en ocasiones al estilo de las aventuras de Sherlock Holmes. La escena en la iglesia resulta una mezcla entre el detective de Baker Street y el Padre Brown.
Hitchcock empieza a crear un estilo con ángulos de cámara que consiguen mantener la intriga que tan hábilmente teje. Además, cuenta con unos fabulosos actores encarnando a unos personajes exquisitos. La simple presencia de Peter Lorre (M, el vampiro de Düsseldorf) en la pantalla nos hace temblar. Por su acento, por su risa nerviosa, por su frialdad y humanidad (ese gesto de preocupación por la mujer cuando es abatida me parece magistral en la interpretación y en el guión). Realmente es uno de los actores que mejor saben encarnar a villanos, dándoles un toque malvado y estremecedor. El protagonista, Bob Lawrence, es también de una gran riqueza: asustado busca a su hija, pero su carácter británico jamás dejará las ironías ni mostrará un ápice de debilidad.
La escena final del tiroteo me hizo recordar la película de Dog Day Afternoon. La escena final en el Albert Hall está perfectamente construida, marcando ya un estilo particular del genio de la intriga. Alfred Hitchcock haría un remake de su película ya en su etapa en Hollywood.

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