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viernes, octubre 21, 2011

A Hugo

"We have esthetic enjoyment only if the author somehow makes it perfectly clear to us that those things do not belong to our real surroundings and exist only in the world of imagination. The extreme case comes to us in the theatre performance. We see there real human beings a few feet from us; we see in the melodrama how the villain approaches his victim from behind with a dagger; we feel indignation and anger; and yet we have not the slightest desire to jump up on the stage and stay his arm".
Hugo Münsterberg. The Pshycology of the photoplay.



El joven doctor observaba a la muchacha fallecida con cierto asomo de pena, de compasión y, quizás, un poco de culpabilidad. Se dejó caer en la silla junto a la cama de la difunta, de espaldas a la puerta que comunicaba con la habitación contigua. Sacó un cigarro y con un rápido movimiento de muñeca, encendió la cerilla y el cigarrillo casi a la vez. Aspiró el humo con ganas, nervioso e intrigado. Contemplaba la pálida figura sin pestañear. Parecía querer estudiar las causas de su muerte a través de las sábanas, a través de su camisón blanco. Tan absorto estaba pensando en el misterio, que no percibió la sombra de un hombre que se proyectó a su lado. No reparó en que la puerta de comunicación no había sido cerrada por la policía, y no cayó en la cuenta de que el marido de la joven había desaparecido hacía un rato.

El hombre se acercaba sigilosamente hacia el joven y apuesto médico. Un reflejo metálico en su bolsillo, una mano se levantó despacio, blandiendo un cuchillo.

-¡Nooooo!- vociferó Elena con histerismo.

Decenas de cabezas se volvieron hacia la chica de la fila veinticuatro llenas de enfado. Elena, se tapó la cara, por miedo y por vergüenza. Su amiga le golpeó con el codo. Una lágrima saltó sobre la sonrojada mejilla de Elena.

-Shhhh-le increpó un hombre sentado detrás de ella.

Parecía que llevaba más de diez minutos intentando ocultar sus rojas mejillas. Pero en la oscuridad de la sala nadie parecía percibirlo. Bueno, una persona la miraba fijamente. Elena, retiró las manos de su cara, para ver al marido homicida parado, con el cuchillo en alto y la mirada, tierna, clavada en los ojos de Elena. Cuando sus miradas se cruzaron, el hombre se sonrojó, más incluso que Elena. Bajó el cuchillo y lo dejó caer sobre la alfombra. No retiraba la mirada de la joven. Elena miró rápidamente al apuesto doctor que se había levantado de la silla y miraba inquisidoramente al viudo. Pero él no se movió. Sus labios se entreabrieron, como si alguna palabra quisiera caer de su boca. El corazón de Elena palpitaba con gran rapidez. Sus ojos corrían de un lado a otro de la pantalla, hasta que la mirada del asesino los atrapó. Otra lágrima escapó de sus ojos. Ya no de vergüenza, sino de tensión. ¿Qué tenía que hacer?

-¡Ha sido usted! Pronto descubriría la causa de la muerte. La ha envenenado, ¿no es cierto?-inquirió el doctor.

Los ojos del hombre pedían auxilio. Sus labios volvieron a cerrarse con fuerza.

-No sabe lo que es el amor, ¡solo la riqueza! Nunca la quiso, solo la sedujo por su fortuna. ¡Es usted un monstruo! ¡Debí impedir ese matrimonio antes! Yo la quería, ¡pero jamás sospeché de sus intenciones! Un hombre así no merece vivir. ¿Acaso su mirada inocente nunca consiguió ablandar su corazón? ¿Es que sus desvelos no tocaban su alma? ¿Es que no sabe lo que es el amor ni cuando lo tiene frente a sí?

El marido miró al doctor, pero enseguida volvió el rostro al frente.

-¿El... el amor?- fueron sus únicas palabras.

Elena se levantó de su asiento. Clavó la mirada en los ojos temblorosos y febriles de ese hombre. Nunca nadie la había mirado así. Su respiración se entrecortó ante los gritos de quienes se sentaban tras ella. ¿Qué sabían ellos de amor? Miró con sufrimiento al rostro tenso de la pantalla. Los abucheos se hacían más fuertes. El doctor avanzaba hacia él. Elena gritó desesperada, clavando con fuerza los dedos en la butaca que tenía delante.

-¡¿Qué?! ¿Qué hacemos? ¿Qué?

Alguien a su derecha intentó sentarla, pero ella se oponía con fuerza. El joven médico sujetó al asesino del brazo y tiró de él, hacia fuera de la pantalla. Se resistía, sin apartar su mirada del frente. El doctor era fuerte, y él tuvo tiempo de ver como una linterna iluminaba el rostro lleno de lágrimas de Elena. Con un último tirón salió de escena. Elena gritaba con fuerza y golpeaba al acomodador y a su amiga. La pantalla se oscureció y durante un segundo los gritos quedaron ocultos en una espesa oscuridad. Hasta que las luces se encendieron y la chica fue sacada de la sala. Cuando se hubo recuperado la calma en el auditorio, volvieron a apagarse las luces y el proyector volvió a liberar su haz de luz. Y el asesino apareció en el patíbulo, con una soga alrededor del cuello. Sus ojos se movían nerviosos hasta que una brusca caída acabó con aquello. Y un enorme letrero cubrió el rostro del ajusticiado: FINE.



martes, junio 14, 2011

La guerra de los mundos de Orson Welles


30 de Octubre de 1938. Un joven Orson Welles pone en las ondas una adaptación de la novela de H.G. Welles La guerra de los mundos. Es sabido que ésta adaptación consiguió sembrar el caos en el país. Al comienzo del programa, la CBS lo introduce como una adaptación de la novela llevada a cabo por la compañía Mercury Theatre (creada por Orson Welles), pero la pericia tanto técnica como narrativa pronto hacen olvidar el carácter de construcción. Quienes no habían sintonizado esa introducción se encontraron con un boletín en el que se informaba de unos sucesos extraños: explosiones en marte, meteoritos que eran naves de extraterrestres... Los marcianos invadían Estados Unidos y parecían exterminar a la población. A los 40 minutos de emisión se recrea la muerte de uno de los periodistas, que subido al tejado de la CBS ve cómo una nube venenosa avanza sobre la ciudad. Es entonces cuando se anuncia de nuevo que se trata de una ficción. Después Orson Welles parece ser el único superviviente.


La adaptación de Howard Koch, guionista de Casablanca, es un gran acierto. No se trata de una mera adaptación a las ondas como la que también realizaron de otras novelas como Drácula o Los miserables, sino que emplea uno de los máximos poderes de la radio: su credibilidad. En los años 30, la radio era el medio de comunicación de masas por excelencia. Si la CBS cubría el evento de la invasión marciana, éste llegaba a millones de personas. Los efectos sonoros empleados, como interferencias, explosiones al fondo, junto con la magnífica interpretación de todos los actores, consigue imbuir al oyente (al espectador me atrevería a decir) en la historia. Los 60 minutos que dura la emisión pasan sin darse cuenta. Comienzan con un avance informativo, varias emisiones musicales interrumpidas por más boletines. Crónicas desde los lugares afectados, entrevistas a científicos, ruedas de prensa con políticos... Palabras y efectos que consiguen crear una imagen viva en la cabeza del oyente. Una imagen intuída y quizás por eso más temida, más aterradora. Orson Welles consiguió saltar a la fama tras este programa. Con tan solo 23 años mostró al mundo su gran talento. Orson Welles acababa su programa definiéndolo como una broma:  “Recuerden en los próximos días la terrible lección que han aprendido esta noche: (…) si su timbre suena y no hay nadie allí, no era ningún marciano, esto es Halloween”.



Dejo aquí el link para escuchar la emisión de Orson Welles en Youtube.

miércoles, mayo 25, 2011

A Eisenstein


Cine, arte, belleza, naturaleza. Explorando el mundo de la ficción, de la no ficción. Las herramientas del cine documental, la verosimilitud del cine de animación. Vivo en una ficción. Vivimos en una ficción. A veces me siento no persona, personaje. En un escenario perfecto. Tiempo muerto, pausa. Brisa suave que acaricia los trigales. Bailan, se mecen como fantasmas. Como si un ave majestuosa, invisible, pasara en vuelo raso. Huele a verano. El ave se estira, orgullosa, llegando a rozarme. El oro refleja. ¿Por qué no tiñe esas nubes? Un trueno, profundo. Polifemo en su gruta. Envidioso porque el ave no le acaricia. Y el trigo sigue meciéndose, suave, cantando una nana. Desprendiendo ese olor a recién nacido, a vida nueva, recién abiertos los ojos a la luz. ¿Cuánto tiempo queda? El tren se acerca, rápido, corto. Se desliza. Pasea, extraño, entre el trigo. Sin detenerse, ¿no se detiene?
Palabras, ¿por qué las escojo a ellas? Van Gogh sentiría oro en su piel, sobre su paleta. ¿Música? Demasiado misterio. Ni una fotografía, ni siquiera un documental. Lo siento, André, vente conmigo. ¿Cómo compartir? Un brochazo de pensamiento. Epaté, glimpse. Oro.
Ningún personaje cayó en tan buen decorado. Sin viajar. De camino a casa.

domingo, abril 19, 2009

jueves, abril 16, 2009

Comando Canadá


- ¡Heinrich, vagón número doce!- gritó Herr Kunder.

Heinrich avanzó arrastrando los pies. El convoy se deslizaba por las vías con pesadumbre. Un chirrido llenó el campo cuando el tren se detuvo. Los componentes del Comando Canadá abrieron las compuertas y colocaron las rampas. Cientos de miradas desconcertadas se clavaron en el “uniforme” de rayas de Heinrich y en los chaquetones grises de los guardianes.

- Con cuidado. Cuidado- decía Heinrich a quienes bajaban la rampa.

- En silencio- farfulló el teniente.

La mirada del judío resbaló sobre las dos eses de la gorra del teniente Kunder y se detuvo sobre el rostro cetrino de un muchacho de unos catorce años. Sus grandes ojos negros recorrían con velocidad el andén. Bajó del tren y se detuvo a la derecha de Heinrich. Le llegaba a la altura del mentón.

-Di que tienes dieciséis años- le susurró Heinrich con disimulo -. Dilo.

El niño clavó sus ojos en los de Heinrich y no los separó ni siquiera mientras su padre tiraba de él para reunir a la familia. Unos pasos más adelante, un SS empujó a la madre hacia una de las filas que estaban formando. Le entregó con brusquedad a la niña que su marido cargaba en brazos y se acercó al niño con mirada seria.

- Wie alt bist du?

- Dieciséis.

- Sigue a tu padre.

Maletas y más maletas. Heinrich salió al patio a por una nueva tanda. La chimenea despedía un humo negro y amargo. Ya dentro del barracón, empezó a abrir las nuevas maletas. Cada cosa debía ir al montón correspondiente. Ropa de mujer, zapatos de niño, fotos, libros, algún cubierto de plata… Su compañero, Izhac, deslizó un tenedor en su bolsillo mientras sacaba otros cubiertos y los arrojaba a un montón tintineante y plateado. Cruzó su mirada con la de Heinrich y sonrió con picardía. Un cigarrillo, un trago de alcohol, la libertad... Algo conseguiría.

“Trabaja. No te quejes nunca. Aféitate cada día. Raciónate la comida, guarda para cuando no tengas nada. Lávate, has de parecer sano. No dejes que te lleven a la fila de la derecha.” La discreción era su estrategia, los consejos su arma. Aquel muchacho de los catorce años cargaba con inmensos fardos por el campo. Cada minuto parece que caería rendido por el peso, pero no estaba camino de las duchas.

El viejo Laszlo se llevó la mano a los ojos deslumbrado por el potente foco. La buhardilla de los Hanz no parecía haber sido un buen escondite. Heinrich siguió sus movimientos entre la bruma de la madrugada. Comenzó a dirigirse hacia el anciano. Su vecino de Brüderstrasse no podía acabar en la fila derecha.

- Señor Laszlo. ¿Qué hace aquí? Vaya hacia la izquierda.

Heinrich escuchó un silbato agudo detrás, cada vez más cerca. No pensaba darse la vuelta, no mientras el viejo Laszlo continuara allí. El ceño arrugado del anciano, su mirada vidriosa, su mano izquierda temblorosa. No quería vaciar su maleta ni ver sus gafas en un montón uniforme.

- ¡Heinrich! ¡Aléjese de ahí inmediatamente!- bramaba Herr Kundel.

Agarró al anciano por el codo y estiró de él con decisión haciendo caso omiso a los gritos del teniente. Hacia la izquierda.

- ¡Heinrich! ¡Deténgase!

Las botas del teniente chirriaban contra el andén, los focos se dirigían hacia Heinrich. Los murmullos se intensificaban. Un latigazo de disparos. Silencio. Cada uno seguía su fila.


Historia: María del Rincón Yohn. Para saber más sobre el Comando Canadá o testimonios de Solomon Schlosser.

martes, marzo 10, 2009

Sabios consejos para el viajero norteamericano

Un año mi tío Melik viajó de Fresno a Nueva York. Antes de subir al tren su tío Garro le hizo una visita y le previno de los peligros de viajar.

- Cuando subas al tren- le dijo el anciano-, escoge con cuidado tu asiento, siéntate, y no mires alrededor.

- Sí, tío- dijo mi tío.

- Momentos después de que el tren se haya puesto en marcha- dijo el anciano-, dos tipos con uniforme se acercarán por el pasillo y te pedirán el billete. No les hagas caso. Serán impostores.

- ¿Y cómo lo sabré?- preguntó mi tío.

- Lo sabrás- dijo el anciano-. Ya no eres un niño.

- Sí, tío- dijo mi tío.

- Cuando aún no hayas recorrido ni treinta kilómetros, un joven amable se acercará a ti y te ofrecerá un cigarrillo. Dile que no fumas. El cigarrillo llevará droga.

- Sí, tío- dijo mi tío.

- Cuando te dirijas al vagón restaurante una joven muy bonita se tropezará contigo intencionadamente y casi te abrazará- dijo el anciano-. Se deshará en disculpas y te parecerá muy atractiva, y tu impulso natural será cultivar su amistad. Vence tu impulso natural y entra y come. La mujer será una aventurera.

- ¿Una qué?- dijo mi tío.

- Una puta- gritó en anciano-. Entra en el vagón restaurante y come. Pide los mejores platos, y si el vagón está lleno, y la joven bonita se sienta frente a ti en la misma mesa, no la mires a los ojos. Si habla, tú hazte el sordo.

- Sí tío- dijo mi tío.

- Hazte el sordo- dijo el anciano-. Es la única manera de librarte.

- ¿De librarme de qué?- preguntó mi tío.

- De un lío tremendo- dijo el anciano-. Yo he viajado y sé de qué hablo.

[…]

-Cuando salgas del vagón restaurante para volver a tu asiento- dijo el anciano-, pasarás por el vagón de fumadores. Allí habrá una partida de cartas empezada. Los jugadores serán tres tipos maduros con los dedos llenos de anillos caros. Al verte te saludarán con simpatía y uno de ellos te invitará a entrar en la partida. Tú sólo diles: «No hablar inglés.»

[…]

- Cuando te acuestes por la noche, saca tu dinero del bolsillo y mételo en uno de tus zapatos. Esconde el zapato debajo de la almohada, mantén la cabeza sobre la almohada toda la noche, y no duermas.

- Sí tío- dijo mi tío.

- Eso es todo- dijo el anciano.

El anciano se marchó y al día siguiente mi tío Melik subió al tren para cruzar los Estados Unidos hasta Nueva Cork. Los dos tipos con uniforme no eran impostores, el joven del cigarrillo con droga no apareció, la joven bonita no se sentó frente a mi tío en la misma mesa del vagó restaurante, y en el vagón de fumadores no había ninguna partida de cartas empezada. Mi tío metió su dinero en un zapato, escondió el zapato debajo de su almohada, apoyó la cabeza en la almohada y no pegó ojo en toda la noche la primera noche, pero la segunda noche abandonó el ritual.

El segundo día fue él quien le ofreció un cigarrillo a otro joven, y éste se lo aceptó. En el vagón restaurante mi tío se desvió de su camino par ir a sentarse a la mesa de una joven dama. Inició una partida de póquer en el vagón de fumadores, y mucho antes de que el tren llegara a Nueva Cork mi tío conocía ya a todos los que viajaban en él y todos le conocían a él. En una ocasión, mientras el tren pasaba por Ohio, mi tío y el joven que le había aceptado del cigarrillo y las dos chicas que iban a Vassar formaron un cuarteto y cantaron «The Wabash Blues».

Fue un viaje muy agradable.

Cuando mi tío Melik regresó de Nueva York, su anciano tío Garro fue a verlo de nuevo.

- Veo que tienes buen aspecto- le dijo-. ¿Seguiste mis instrucciones?

- Sí, tío- dijo mi tío.

El anciano se quedó con la mirada perdida en la lejanía.

- Me alegro de que alguien haya podido sacar provecho de mi experiencia- dijo.

William Saroyan. Me llamo Aram.

viernes, enero 02, 2009

Una foto en blanco y negro. Relato corto

- Dame uno, muchacho.

El niño, pálido como si nunca antes hubiera visto el sol, se alejaba calle arriba agitando los periódicos sobre su cabeza. Parecía que en cada zarandeo saldrían rodando un par de letras orondas de titular.

Abrí el noticiero y comencé a pasar las hojas con viveza. La tinta, aún caliente, dejó su huella en mis manos.

Levanté la vista al grisáceo cielo tratando de encontrar el sol del que sólo se intuía un brillo mortecino tras una nube de nácar. Una gaviota eclipsó el débil fulgor.

Dos viejos jugaban al ajedrez en un banco. Uno de ellos levantó sus ojos de color azabache cuando pasé a su lado. Crucé el paso de cebra y sorteé un remolque lleno de brea. Paddy me saludó desde el café. Llevó la mano al bolsillo de su arrugado esmoquin blanco. Se encendió un cigarro y recogió la escoba. Su negra voz se estaba dulcificando. Ahora sólo barría.

Cerca del muelle, las notas estampadas en una partitura rebotaban contra los adoquines. Un deshollinador chocó contra mí.

- ¡Lo siento, señorita!- gritó sonriente mientras se alejaba corriendo.

La manga de mi níveo uniforme guardó su recuerdo. Las orondas letras de imprenta echaron a correr por la calle huyendo de mi periódico. Bailaban y hacían piruetas. Las reprendí. “No está bien que unas letras se comporten de esa forma. Volved aquí ahora mismo”.

NUESTROS HOMBRES DE VUELTA A CASA

Trompetas, tambores y confeti. Un marine corrió hacia mí. Sus ojos azules se clavaron en mi carmín. Paddy sacó su armónica.

Un periodista sonrió con picardía y nos apuntó con su cámara. El fogonazo pulió los blancos de mi uniforme.

domingo, junio 29, 2008

Thomas Valence


Thomas recorría las callejuelas dirigiéndose al puerto. Sus chapines de cuero rechinaban sobre el irregular empedrado repleto de pequeños charcos. Las calzas marrones hasta la rodilla dejaban entrever sus pálidas y flacuchas piernas. Una camisa blanca de algodón y un chaleco de lana eran su único abrigo. Una gorra a cuadros cubría su cabeza y recogía su lacio flequillo que siempre escapaba del lazo añil. El alargado macuto con sus escasas pertenencias que llevaba al hombro estaba custodiado por Baxter, el pajizo setter irlandés que siempre acompañaba a Thomas.

El grisáceo cielo londinense amenazaba con descargar miles de gotas en breves instantes. Thomas alzó la cabeza y despreció ese insignificante problema. Desde 1796 ningún barco había quedado en tierra por una tormenta. Recordaba perfectamente aquel aguacero de dos años atrás. La lluvia azotaba con fuerza los cristales de la habitación del orfanato y el viento ululaba enfadado. Varias ventanas se hicieron añicos, sobre todo las orientadas al norte. Los chiquillos lloraban y chillaban, mientras que los mayores como él trataban de poner todo en orden y tranquilizar a los pequeños. Pero aquello quedaba ya muy lejos, ahora era un hombre de verdad. Llevaba dos meses fuera del orfanato. Los 21 años habían supuesto la salida de Cranton Children House y una libertad que nunca había conocido hasta entonces.

Ahora que podía elegir, tenía ganas de conocer algo más que las cercanías del Támesis. No conocía ni siquiera otras zonas de la ciudad. Siempre había estado en el mismo ambiente, con el mismo hedor producido por el río que parecía putrefacto. Incluso en la herrería donde trabajaba se percibía ese olor. Ya era hora de cambiar su suerte. Nunca volvería a vagabundear por las calles buscando un sitio cubierto donde pasar la noche. Nadie volvería a mirarlo con desprecio. Llegaría al nuevo continente y se haría rico con el oro que aquellas lejanas tierras escondían en su interior. La gente lo envidiaría y no volverían a juzgarlo por su ajada camisa o su afilado mentón con barba de dos días.

Las gaviotas chillaban sobre su cabeza y Baxter comenzó a ladrarles. El bullicio del puerto llegaba hasta sus oídos. Tras atravesar dos calles por fin alcanzaron su destino. La gente corría agitada de un lado a otro. Hombres con brazos más anchos que su macuto cargaban pesados fardos en el gigantesco buque atracado en el muelle. Viejos marineros experimentados subían al navío con la mirada perdida en la lejanía. Otros, más jóvenes, se despedían calurosamente de sus familias. Las mujeres lloraban y agitaban sus pañuelos. Los niños reían, hipaban o jugueteaban entre las piernas de los adultos. Las mercancías que iban introduciendo en el barco eran de lo más variado: comida, animales, materiales para cavar y cribar, barriles y cofres de mil tamaños.

Al pie de la rampa del barco un hombre de cana barba cerrada controlaba todo. Sentado sobre un pequeño taburete apuntaba todo lo que se cargaba. Thomas se acercó decidido al hombre de la rampa.
- Buenos días. Quisiera enrolarme- dijo el joven con altivez.
- ¿Edad?- increpó el hombre sin levantar la vista de los papeles.
- 21 desde hace dos meses.
Ante aquella respuesta llena de orgullo el hombre levantó la mirada hacia Thomas con picardía y desdén. El muchacho fijó sus ojos en los del hombre y descubrió, con desagrado, que tenía un ojo de cristal. Levantó la mano con que sujetaba la nívea pluma y se la pasó por la cabeza ya con escaso cabello.

- Amiguito, ¿crees que puedes presentarte aquí como si nada? No vamos a dar una vuelta por el mar, vamos al nuevo continente. Es un viaje largo y duro, no necesitamos mocosos sin experiencia. Las niñitas se quedan en tierra con sus mamás.
- ¡No tengo madre!- le increpó Thomas dando un puñetazo a la mesa- Y no soy una niñita.
- ¡Vaya! Parece que la nena tiene carácter. ¿Nombre?
- Thomas. Thomas Valence.
- Bien. Sube. Pero te lo advierto, el capitán no se enternecerá con tus cobas. ¡Ah! El perro se queda en tierra.

Thomas miró con disgusto a Baxter pero, cuando éste le siguió hacia el barco, se giró y lo ahuyentó. No es que el chucho no le importara, pero comprendía que era el momento de la despedida. Mientras el perro se adentraba entre la multitud, Thomas comenzó a subir por la rampa sintiendo el crujir de la madera bajo sus pies. Cuando pisó la cubierta descubrió un nuevo mundo. Se acercó al palo mayor y desde allí miró hacia arriba. Algunos hombres colgados en la botavara desplegaban las impolutas velas bajo la atenta mirada del vigía de la atalaya.

El barco zarpó unas horas después. Cuando por fin salieron al mar, el olor a salitre sustituyó al rancio hedor del Támesis. Las gaviotas revoloteaban entre la mesana y el palo mayor llenando el aire con sus alegres chillidos. Los marineros comenzaban a divertirse mientras no hubiera órdenes. Thomas escrutaba tímidamente al resto de la tripulación. La mayoría eran viejos hombres de ánimo disciplinado y rostros curtidos. Un joven de unos 17 años arreglaba unos viejos cabos sentado a horcajadas sobre la barandilla del castillo de popa. Thomas se acercó a él dispuesto a trabar relación. Cuando se hubo acercado lo suficiente reparó en que junto al chico de los cabos descansaban sobre la cubierta unas muletas de madera cuarteada. El chico estaba tullido.
- ¿Fue un tiburón?- preguntó Thomas con fascinación.
- Mi madre estaba enferma cuando yo nací- respondió el chico frunciendo el ceño.
- Perdón. Pensé que… Me llamo Thomas.
- Yo Ismael. ¿Puedes ayudarme? Acércame el cordel. ¿Es la primera vez que navegas? No tienes muy buen aspecto. ¿Necesitas algo?

Ismael era un chico atento y hablador. Desde aquel momento lo hacían todo juntos. En varias ocasiones esa amistad les supuso algún castigo. Cuando Thomas descuidaba sus encargos por hacer un rato de compañía a su nuevo amigo, era duramente reprendido. Pasó muchas tardes subido a la botavara. Largas horas de soledad allá arriba para corregirle. Pero él aprovechaba para soñar con el Nuevo Mundo y los tesoros que allí encontraría y compartiría con Ismael. Además solía subir con una libretilla que llenaba de trazos gruesos imitando distintas escenas del barco, tormentas, amaneceres…

Tras varios meses de navegación llegó el día tan esperado por todos. El vigía despertó a los tripulantes con un “¡Tierra a la vista!”. Thomas se abalanzó escaleras arriba dejando a su amigo en el camarote. Consiguió salir el primero a cubierta. Corrió nervioso y subió las escaleras del castillo de proa. Se agarró a la jarcia que estaba justo sobre el mascarón y entrecerró los ojos para poder enfocar con más claridad.

En la lejanía vio una enorme masa del verde más brillante que jamás había contemplado. Los árboles se extendían más allá de donde alcanzaban sus ojos. Las olas acariciaban la costa con ternura. Se escuchaban aves graznar hermosamente, incitándole a lanzarse al mar para llegar en cuanto antes. El oro que aquella tierra escondía estaba esperando unas manos que lo sacaran. Esas manos serían las de Thomas y justo a su lado estaría Ismael, apoyado en sus muletas.

jueves, mayo 15, 2008

A través de los montes


- Pide un deseo y sopla.

Irene sonrió, cerró los ojos y sopló con delicadeza la titilante llama de la torcida y desvencijada vela azul. Una vela por la que Francisco había sacrificado un paquete de cigarros. Pero era el cumpleaños de su mujer y cualquier privación resultaba insignificante.

- Ya sé que no es lo máximo pero… Feliz cumpleaños – musitó Francisco.

Su voz inundó la cabeza de Irene. Recordó la margarita que le había regalado un Francisco cubierto de pecas y con pantalón corto. La rosa que le envió dos años atrás y los guantes del septiembre pasado. Unos guantes que aún conservaba tal y como los recibió. Incluso guardaba la cajita aterciopelada que había ocultado Francisco en el interior. Se acordó del mareo que le invadió al encontrar la cajita, de cómo había llorado y contestado sin dudar: “Claro. ¿Por qué has tardado tanto en pedírmelo?”.

Ese cumpleaños era distinto. Ya no había tarta, ni regalo, ni luz. En aquella pequeña habitación interior hacía tiempo que no entraban los rayos del sol. Las colchonetas, dobladas por la mañana, les servían de asiento y un cajón de madera pálida cumplía la función de mesa. Sí, no era el mejor cumpleaños de su vida. Llevaban dos meses escondidos en aquel ático de Madrid y la situación parecía no mejorar. El bullicio de las calles llegaba hasta el quinto piso del número doce de la calle Diego de León. Los disparos se repetían, los gritos, las blasfemias… El repicar de las campanas de los bomberos remplazaba la de los conventos e iglesias que no eran ya más que ceniza y rescoldos.

La guerra civil devoraba todo a su paso. Convertía ciudades y personas en dolor, violencia y destrucción. Francisco temía que los encontraran. Los miembros de la CEDA se habían convertido en objetivo prioritario para los comunistas que controlaban las desiertas calles madrileñas. Pero habían decidido huir a Francia cruzando los Pirineos. Y su aventura comenzaría ese mismo día al anochecer.

No había luna. Irene se cubría con su abrigo negro como si quisiera confundirse con el pavimento. Francisco corría a grandes zancadas delante de ella, guiándole. Un coche los esperaba al final de la calle. Irene cerró la portezuela del automóvil y se acurrucó junto a su marido. Tomás, el conductor, pisó el acelerador y desaparecieron entre la bruma.

- Francisco, no podré llegar al otro lado.

- Claro que sí. Si hace falta te llevaré en brazos.

- No hagas como si fueras Hércules. Perdón, no quiero ser negativa pero… Bueno vamos allá. No entiendo como podéis ir siempre con pantalones, es incomodísimo.

- Estás estupenda. ¿Qué tal van tus pies?

- Mejor pero estoy agotada.

El guía francés les ordenó callar. Llevaban más de una semana con aquel hombre y todavía no habían conseguido entablar ninguna conversación. Cuando se irritaba su estrecho bigote negro se estremecía, cerraba los ojos y arrugaba la nariz respingona. Pero a pesar de sus frecuentes enfados parecía amable. Y era quien les guiaba a Francia. El camino era largo y, en ocasiones, se veían forzados a dar un rodeo para evitar un control de los milicianos.

El silencio de la noche fue interrumpido por un leve susurro. Francisco e Irene se estremecieron.

- Atravesamos ese monte y llegamos a Francia- dijo el francés con su peculiar acento.

Francisco e Irene se miraron fijamente, la meta estaba próxima. Los ojos de la joven brillaban embargados de emoción. Todos los sufrimientos llegaban a su fin, la cima se encontraba a unos pasos. El sol comenzó a aparecer en la lejanía inundando los valles, llenando sus corazones de esperanza.

En la luz dorada del amanecer, se detuvieron para ver su tierra por última vez.

-¿Volveremos? - murmuró Irene.

- Volveremos- replicó Francisco.

Y en los años que siguieron, esa palabra señalaría sus destinos: volveremos, volveremos...


Imagen: La guerra civil. IES María Moliner
Historia: María del Rincón. El final es de Isabel Allende

miércoles, marzo 26, 2008

A mi querido museo de El Prado


Madrid, doce del mediodía, un calor sofocante. ¿A quién le puede apetecer una visita al Prado tras una noche entera en vela? A mí desde luego que sí.

El museo está a rebosar. Vamos casi corriendo, el tiempo es escaso y queremos verlo todo. En cada esquina una nueva sorpresa. Recorremos pasillos sin una dirección aparente hasta que de repente, nos “chocamos” con Las Hilanderas de Velázquez. Pausa y silencio. Procuro acercarme lo más posible, estoy tan cerca que he de controlar mis manos que luchan por tocar el lienzo.

He estudiado cada personaje, cada ángulo de ese cuadro y ahora, ¡por fin!, lo tengo delante. Todos los esquemas que tenía en la mente se descolocan. ¡Estás ante el cuadro original! Prácticamente me he olvidado de dónde estoy, de que hay gente empujándome. El cuadro parece hablarme, me susurra al oído. ¿Qué me dice? Eso queda entre Velázquez y yo.

Oigo a mis espaldas otra voz familiar. No es ningún pintor, es mi profesora de arte explicando el cuadro. Prefiero que sea el artista quien me descubra cada uno de los secretos de la obra. Mi profesora me toca suavemente el hombro y casi como en un susurro me dice que nos estamos moviendo. ¿También le hablará Velázquez a ella? Pensaba que yo tenía la exclusiva.

Vamos recorriendo más y más pasillos. Rubens, Rembrandt, Ribera, el Greco… A cada paso que doy una alegría mayor que la anterior.

Otra vez Velázquez. ¿Estamos dando vueltas? ¡Las Meninas! Repito lo que llevo haciendo toda la mañana y me “planto” frente al cuadro. Me siento muy pequeña, de tamaño y edad. ¿Cuántas personas habrán visto este cuadro? ¿Qué pensaría la Infanta Margarita al verse ahí? Si las miradas desgastaran los cuadros…

Terminamos con Goya. Tras recorrer este paraíso los libros de Arte no tienen ya tanto encanto. Quisiera poner un banco delante de mis obras preferidas y quedarme ahí el día entero.

Tengo que volver aquí, es maravilloso. Hay gente que pasa delante de los cuadros como si fueran un póster, ni los miran. Quiero gritarles. ¡Que se fijen! Siglos de Historia les contemplan desde eso marcos. Quiero un pincel, un lienzo, quiero… No. ¿Para qué? Me contento con tener ojos. Acabo de darme cuenta de que casi no he hablado. Me pican los ojos, ¿habré parpadeado? Creo que se me ha olvidado.

¿Cómo? ¿Ya nos vamos? Una última visual y salgo mirando al suelo, si no creo que mi profesora no podrá sacarme de aquí. Adiós. Volveré, te lo prometo.

Imagen: Deia.com

Historia: María del Rincón Yohn


martes, enero 15, 2008

Volveré




Querida Saskia:
Mi corazón anhela regresar a Bulgaria. Los días sin ti me parecen años y extraño muchísimo a Timudjin y Ajmad. Cada noche me parece oír los lloros de nuestros pequeños. ¿Qué tal están? Supongo que seguirán creciendo igual de rápido.

España es una nación hermosa, pero no tanto como nuestra amada Bulgaria. Cuando abandonas tu país es cuando realmente lo echas de menos y darías lo que fuera por volver. Lo mismo sucede con la gente que quieres: sientes que hay algo en tu interior que no termina de contentarse con la nueva situación. Buscas y buscas, y no sabes qué es. A las personas cercanas es fácil recordarlas y más aún, añorarlas, pero también necesitas volver a ver a quienes tratas menos.

Quisiera volver a pasear contigo por el jardín de la casa de tu madre. Esa tranquilidad aquí es difícil de conseguir. La ciudad es ruidosa y las personas corren de un lugar a otro como si no supieran por qué lo hacen.

Aquí, parece que no importe que haya estudiado Filología Inglesa. Nadie me quiere en las academias; por lo visto no necesitan profesores búlgaras de inglés. He puesto anuncios por los árboles pero no recibo ni una sola llamada. La verdad, empiezo a creer que el problema no es el inglés sino el profesor. Los levs que tanto nos costó reunir, para este país son una miseria. Es una de las razones por las que no os escribo tan a menudo como desearía. Ni siquiera he podido encontrar un hogar decente.

Comparto casa con varios rumanos y ucranianos. Somos nueve y todos contribuimos para pagar el alquiler. Tras varios intentos fallidos para encontrar un puesto de profesor, no me queda más remedio que dedicarme a mi afición del clarinete. Por la tarde salgo a las calles y toco para la gente que pasea. Aquí parece que la música no interesa. Casi nadie me mira y pasan de largo rápidamente, sin girarse ni pararse. A veces me contratan para tocar en algún bar por la noche. Me han ofrecido también un puesto como recolector en unas viñas. Gano muy poco y a esa cantidad debo descontar el dinero del alquiler. El resto te lo haré llegar.

Aún no puedo regresar. Salí para llevaros dinero y seguiré aquí hasta conseguirlo. Aunque la tentación de volver es fuerte, me ayuda el consuelo de saber que me estarás esperando. Siempre te querré, aunque tenga que pasar el resto de mi vida en España. Todos los días doy gracias al cielo por haberte conocido y por que estás ahí, en la distancia, siempre fiel. Estate tranquila, porque solo te quiero a ti, mi ángel salvador.
Te quiero.
Nikola.
Imagen: María del Rincón
Historia: M. del R. en Excelencia literaria

jueves, enero 03, 2008

Historia de un bolígrafo




Mi vida es una de esas historias repletas de aventuras que comienzan hace ya mucho tiempo, en un país lejano. Antes de nada quiero presentarme: me llamo Cib y soy un bolígrafo transparente de tinta azul.
Cuando me fabricaron, allá en la lejana China, era muy feliz. Siempre estaba rodeado de nuevos e impolutos bolígrafos como yo. Pocos días después de ver la luz, una fábrica hizo un gran pedido de material de papelería. Nos metieron en cajas enormes donde había miles de bolígrafos de muchísimos estilos. Luego nos llevaron a un puerto donde embarcamos en un coloso llamado Faboulous.
Recorrimos medio mundo. Atravesamos enormes océanos, hasta que finalmente desembarcamos en el norte del que sería nuestro nuevo país: España. El viaje, aunque apasionante, fue duro para algunos. Las estilográficas del quinto piso cayeron, rompiéndose sus elegantes y afiladas puntas contra el suelo metálico del navío. Hubo otros que no aguantaron el largo recorrido y se secaron. Aunque todos sufrimos, decidimos olvidar para recomenzar de cero en nuestra nueva patria.
Después de varios traslados y cambios de caja, llegué a una pequeña papelería de un barrio costero. Allí fuimos cuidadosamente colocados -mis noventa y nueve compañeros y un servidor- en una estantería por Eduardo, el dueño. Yo estaba ansioso de que alguien me comprara. Era algo ingenuo y soñaba con servir a la humanidad desde mi modesta condición de bolígrafo: firmar tratados de paz, escribir discursos que removieran conciencias...
Cuando finalmente entró una chica pidiendo un boli y sentí la mano de Eduardo cerrarse sobre mi transparente cuerpo, toda mi tinta se me subió a la cabeza. Aquella chica parecía tener prisa, pues me lanzó al fondo de su bolso, pagó y se fue corriendo.
Llegamos a su casa, en donde comencé mi tarea colaborando en escribir un trabajo de historia. La chica me dirigía con pulso débil y escribía un resumen de la vida de un tal Gandhi. Aprendí muchas cosas sobre el mundo que me rodeaba: aquello me gustaba. La chica parecía aburrida y tras una hora me olvidó y comenzó a jugar con el ordenador. El tiempo pasó y cuando se dio cuenta de la hora que era, se puso nerviosa. Quiso terminar lo que había empezado pero la pereza le venció y sacó de Internet un magnífico trabajo.
Mi primera experiencia había resultado un desastre. Además, mi dueña me dejó olvidado sobre la mesa, en donde me quedé varios días sin que nadie se fijara en mí.
Una mañana, por fin, entró en la habitación un chico, que me cogió y me metió en su mochila. Fuimos al colegio y otra vez tuve una mala experiencia: a aquel muchacho sólo le interesaban las matemáticas, así que después de hacer complejas y aburridas operaciones gasté mi tinta en dibujos. Aquel chico no prestaba atención al profesor, y se dedicaba a pintarrajear distraído en los cuadernos.
En la última clase un profesor me cogió prestado y la realidad es que nunca me devolvió. Cuando por fin salimos del colegio, fuimos al metro. Allí aprovechó para avanzar su trabajo. Con este nuevo dueño estuve bastante tiempo y siempre hacía lo mismo: corregía exámenes.Los exámenes se acabaron y ya no hubo nada más que corregir. El profesor me seguía usando en el metro y una vez me olvidó sobre uno de los asientos. Rodé hasta el suelo hasta que alguien me pisó. Mi frágil cuerpo de plástico se rajó, pero a pesar de todo mi aspecto era bastante bueno. Una mano me levantó del suelo y vi el rostro curioso de un chico de unos veinte años que se iluminó lleno de alegría por haberme encontrado. Mi vida terminó junto a él. Este último dueño era un universitario lleno de curiosidad. Me utilizó para escribir cartas llenas de contenido a sus amigos. Les transmitía sus inquietudes y espero que mi labor les hiciera reflexionar. Fui feliz, muy feliz. No hice grandes cosas por la humanidad, pero descubrí que para cambiar el mundo hay que cambiar a cada persona. Creo que lo conseguí.




Historia: María del Rincón Yohn en Excelencia Literaria
Imagen: Discurso.cl


miércoles, enero 02, 2008

Lolek



Los azules ojos de Lolek saltaban de persona en persona con rapidez. Estaba muy nervioso, no podía seguir callado.
Sus amigos bromeaban, ausentes a la batalla interna que se debatía en aquel momento entre el corazón y la mente del joven Lolek. Miraba a cada uno de aquellos chicos y trataba de imaginar sus reacciones. Estaba convencido de que los chicos callarían, sorprendidos, mientras las chicas se pisotearían las palabras unas a otras, tratando de dar su opinión.
Se habían reunido para ensayar la siguiente representación teatral. Querían hacer un cántico a la libertad y a la cultura polaca. Su amada patria no desaparecería bajo la bota del invasor. El teatro rapsódico vencería al odio de los nazis, sin otra arma que las palabras. Svider observaba a Lolek. ¿Qué le pasaba? Nunca le había visto tan silencioso cuando fraguaban una nueva obra. Aquella imagen del joven, sentado como ausente, con los brazos reposando en las rodillas, no era usual en él. Y ese silencio… ¿En qué estaría pensando?
Lolek levantó la mirada de las palmas de sus manos y comenzó a repasar de nuevo los rostros de sus amigos. Sus ojos se cruzaron con los de Svider. Karol descubrió su semblante lleno de interrogantes. ¡No podía escapar al agudo ingenio del bueno de Svider!
Había llegado el momento de contárselo. Comenzó a incorporarse, hasta que su vista chocó con el crucifijo que colgaba de la pared del ático. Jesús le contemplaba sereno desde la cruz, los brazos abiertos al mundo entero como Víctima y Sacerdote. Sacerdote...
-Voy a ser sacerdote –musitó Karol, con la mirada todavía en el crucifijo.
Las voces del grupo de jóvenes se fueron apagando. Lolek se sentía observado.
-Comenzaré las clases en el seminario clandestino. Ya he hablado con el cardenal Sapieha.
-Karol, sólo tienes veintidós años. ¿Cómo vas a desperdiciar toda tu juventud, tus posibilidades dramáticas? –le echó en cara una de las actrices.
-San Juan era un adolescente cuando lo dejó todo por Cristo.
-¿Lo has pensado bien? -añadió Svider.
Ante el gesto afirmativo de Lolek, prosiguió:
-Soy judío, pero entiendo que Dios te pueda llamar al sacerdocio. Me alegro por ti.
Karol sonrió. Svider nunca le fallaba.
***
La sonrisa de Karol turbó a Svider. Hacía apenas unos minutos que había abrazado a su viejo amigo Lolek después de muchos años. No podía creer que estuviesen paseando por los jardines pontificios.

Historia: María del Rincón Yohn en Excelencia Literaria

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