miércoles, febrero 29, 2012

O brother! (Joel & Ethan Coen, 2000)


Uno de los aspectos más curiosos de O Brother, Where art thou? es esa búsqueda del perdón y la verdadera esencia de la persona. Los protagonistas saben que su actuar no es “jurídicamente” adecuado, pero buscan ser perdonados a través de su buen actuar humano y a través de Dios. Delmar y Pete se bautizan buscando esa “redención”, esa comprensión de Dios y de sus colegas los hombres. Parece que encuentran perdón en sus propias almas.

Su viaje parece ir en busca no solo del tesoro (inventado), sino de una justificación. Cuando consigan el dinero, darán igual los crímenes, dará igual el pasado, cumplirán sus sueños y vivirán en paz. Antes de ser “perdonados” públicamente por el Gobernador, Everett reprocha a sus amigos el no saber perdonarle y darle la espalda:
EVERETT
So you're against me now, too!... Is
that how it is, boys?
The whole world and God Almighty...
and now you.

 
Ni siquiera sus amigos son capaces de perdonar sus errores. Después de ser absueltos por la música y el interés político, por la sociedad, ellos se reconocen inocentes ante sí mismos y el mundo. Pueden pasear por las calles con impunidad, pueden viajar a su antojo. Pero la ley sigue detrás de ellos, y es ahí cuando Dios también les perdona ante la súplica sincera (que luego intenta esconder) de Everett. 

       El último perdón que queda es el de su mujer, que parece condicionar el reconocer a Everett solo si es una apuesta segura… Quizás Penny sea el personaje más difícil de tragar, quizás porque no acata la norma narrativa, no es el final feliz, el tesoro buscado, o el tesoro merecido.


Casi como si la película tuviera que pedir perdón por tratar temas tan profundos sobre el hombre con tanta livianidad. Una comedia llena de imágenes típicas de las películas sobre la Gran Depresión como Las uvas de la ira o Bonnie y Clyde. Toca temas típicamente americanos como el Ku Klux Klan (nada que ver con El nacimiento de una nación) y los gangsters. Con imágenes bellísimas y acompañadas con una música exquisita que sumerge el momento histórico en ese aire mítico de La Odisea.

miércoles, febrero 15, 2012

El delator (John Ford, 1935)

 "Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata." (Mt 27,3)
Así comienza la película de John Ford El Delator (The informer). Y es que toda la película es sobre esos remordimientos del traidor.  Gypo Nolan es un rebelde irlandés que delata a uno de sus compañeros, Frankie, que muere a manos de los ingleses. Gypo recibe 20 libras por su traición. En billetes de una libra. Sus treinta monedas. Y no es que fuera un traidor, no odiaba a Frankie. Gypo era amigo de Frankie, pero lo vende por un dinero que quiere usar para marcharse con su novia, que ha tenido que salir a la calle para ganarse la vida, a América. Al ver las consecuencias de su traición acude al consuelo de un mal amigo: el alcohol. Malgasta su dinero, pasea por la ciudad de taberna en taberna, de antro en antro, pretendiendo olvidar su pecado. Frankie se le aparece una y otra vez en los carteles de la ciudad. La madre del "mártir" reconoce a Gypo como amigo de su hijo, lo defiende. Pero Gypo huye donde nadie le culpe, donde nadie sospeche de él; sin saber que le observan y le siguen. Inconscientemente devuelve sus monedas, entrega sus billetes manchados de sangre a otros pecadores que se enriquecen gracias a las miserias de los dublineses. Gypo ríe, Gypo llora. Acosado por el remordimiento.


Gypo es juzgado por un tribunal popular que recuerda a M, el vampiro de Düseldorf. Sentenciado. Pero consigue escapar. La familia de Frankie intercede por él, sin suerte. Katie, la novia de Gypo, llora por él, sin suerte. Es Gypo quien se ha condenado a sí mismo. Pero Gypo, en su último suspiro, acude a la madre del ajusticiado. La madre de Frankie le perdona. Y Gypo, que ya no es Judas sino Pedro, acude al encuentro de Frankie, con la confianza de la intercesión de su madre.


jueves, febrero 09, 2012

The Artist (Michel Hazanavicius, 2011)


He de reconocer que al conocer la noticia de que una película que iba a rodarse en blanco y negro siguiendo los estándares del cine mudo saldría a la luz, me mostré un tanto escéptica. Y he de reconocer, también, que si me decidí a verla fue por las buenas críticas y gran acogida.
La película me gustó, sí, pero no puedo decir que sea una película de cine mudo. Estoy cansada de leer en blogs y, sobre todo, en muros de Facebook, afirmaciones del estilo: "The Artist prueba que el cine mudo no es aburrido", "The Artist confirma que el cine mudo no está pasado de moda" o algunas más osadas tipo "¿Quién dice que el cine mudo es aburrido?" o "The Artist una obra maestra que rescata el cine clásico". Estoy segura de que gran parte de esos nuevos fans del cine mudo y en blanco y negro no aguantarían ni 10 minutos de The Kid, Amanecer o El maquinista de la General. Eso sí, gritan el esplendor del blanco y negro de La lista de Schindler y Buenas noches y buena suerte



The Artist me ha gustado mucho, pero no por ser muda. Sí que es un homenaje al cine mudo, haciendo guiños a varios tópicos (perro que busca al policía) y películas. Desprende un aire Hollywoodiense muy logrado en la dirección artística. La fotografía no sigue el estilo del cine de los años 20, es más "tranquilo" que a lo que estamos acostumbrados, pero con mucha más movilidad que antaño. Tampoco el estilo de dirección ni actuación son los de los grandes años de Hollywood.
Me parece más una película para quienes disfrutan con las curiosidades del cine. Una película para quienes sonríen en la sala al descubrir el formato cuadrado. Una película para quienes vislumbran una cierta añoranza por las latas de películas de celuloide, para quienes desean entrar en esos magníficos estudios americanos, para quienes han recordado Cantando bajo la lluvia, El crepúsculo de los dioses, Candilejas y La rosa púrpura del Cairo. Una película curiosa. Metaficción en todos los sentidos, desde la narrativa hasta la puesta en escena. Los rodajes en pantalla hicieron que me encogiera en la butaca de emoción. Me gusta la escena del sueño, sabiendo que esto no es cine clásico, sino metaficción. No me gustan los últimos diez segundos. ¿Por qué satisfacer al público del siglo XXI? Si queremos vender la película como "un regreso a los años 20", llevémoslo hasta el final. Como experimento me encanta. Como "imitación" del cine clásico no. 

lunes, febrero 06, 2012

El arca rusa (Alexandr Sokurov, 2002)

 No sabría muy bien cómo definir El arca rusa de Sokurov. No es ficción, no es documental, no es un ensayo audiovisual. ¿O quizás sí? Un experimento visual y cultural. La película es anunciada con lo siguiente: "2000 cast members, 3 orchestras, 33 rooms, 300 years, ALL IN ONE TAKE". Impresionante. 
Sokurov se lanza a varios océanos vastísimos: Una película de hora y media en una sola toma, un rodaje en el Hermitage, un ejercicio histórico-cultural... Muchos logros en una misma cinta, pero sobre todo El arca rusa es una película de gran profundidad. La historia rusa se entrelaza, aparece y desaparece en los pasillos del palacio. Y el Hermitage se convierte en un personaje más, no en un mero decorado. Al comenzar la película esperamos el corte, pero una vez transcurrido un rato, nos olvidamos del montaje, porque la cámara se desliza como un fantasma que todo lo ve. El ejercicio de la cámara es exquisito y a ello se unen los magníficos efectos digitales de fotografía, que crean unos ambientes oníricos que me recordaron a otra obra del director, Elegía de un viaje. Las reflexiones acerca de la historia, cultura e identidad rusa se mezclan, como en una labor de finísimo bordado. Lo más filosófico apoyado por una puesta en escena muy mimada. Magníficos vestidos, obras de los más grandes artistas, grandes figuras de la historia, música, bailes fastuosos... Un marqués frances guía a la cámara como un fantasma. Mantiene una conversación con el director. Y se expone, presentándose a personajes que vagan por el palacio. Supongo que me he perdido mil detalles por desconocimiento de historia rusa. Conozco a los zares, a Catalina la Grande, Pedro I, Nicolás y Alejandra. Vemos a Pushkin, al actual director del museo. Una conversación con la cultura, Europa, Rusia, el Arte.


La película va intrigando, llenando de asombro. La escena del baile final llenan de mil emociones. Todo el recorrido por el palacio nos conduce ahí, al último gran baile de la Rusia zarista. Y la salida del magnífico evento se convierte en un choque: ¡Adiós, Europa! Todas esas sedas y brocado bajando una impresionante escalinata que lleva a un cambio radical, a un desgajamiento de Europa. Ese último descenso resulta majestuoso, una explosión de sensaciones, una superabundancia visual, histórica y cultural. 
Es complejo comunicar una experiencia. Y El arca rusa lo es, no es una simple película. No hay una historia, hay 300 años de Historia. Un arca, como la de Noé, donde poner a salvo la identidad de un país: su cultura.

Y el comienzo del documental sobre el rodaje de la película

miércoles, enero 18, 2012

(Vívida) Experiencia vivida


Nos gustan los testimonios personales. A todos. No me refiero a momentos o confesiones íntimas, sino a narraciones de experiencias vividas. En el colegio estudiamos historia, historia de la literatura, del arte, de la ciencia. Nos gustan las anécdotas que ayudan a recordar mejor las teorías. No retenemos tanto los datos como las narraciones. Me acuerdo de aquella serie con la que tantos niños aprenden historia y fisiología: Érase una vez. Recuerdo haber visto el capítulo del sistema linfático en 4° de la ESO. Tengo un conocimiento visual, pero creo que en general se entienden mejor las cosas cuando las personalizamos. Me gustaban aquellos glóbulos rojos, aquellos anticuerpos que tenían una introducción, un nudo y un desenlace. Una misión, unos antagonistas... No recuerdo mucho de genética, pero me acuerdo de los guisantes y de la familia Real, del zarevich hemofílico. Y en Historia me sucede lo mismo. No recuerdo los datos,las fechas; no recuerdo el listado de causas que llevaron a la Revolución Rusa, pero recuerdo un gato, una foto en una cabaña, un fotógrafo armado y joyas. Recuerdo la película de Nicolás y Alejandra o El Acorazado Potemkin más que el manual que tuve que estudiar en primero de carrera. No recuerdo las etapas de la pintura de Van Gogh, pero veo el rostro ansioso de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo. Y no conozco bien la guerra Civil española pero están fijas en mi memoria las anécdotas de unos estudiantes de Madrid que huyeron por los Pirineos, la prohibición de acudir a los comedores populares a una niña que ahora supera los 80 por su madre, las hazañas de unos daneses que vinieron en bicicleta para unirse a las Brigadas Internacionales, una fotografía de mi abuelo en el frente y la explicación de mi padre: "su hermano estaba en el bando contrario, probablemente se enfrentaran en aquel lugar". Nos parece conocer mejor la Historia con una película histórica que con un documental. Sabemos cómo se sentían las personas (aunque a las que hemos tratado sean ficticias). La literatura también nos lleva a ese conocimiento afectivo y personal. La televisión se llena de programas (más bien morbosos y de escasa calidad) de testimonios. Nos encanta conocer los entresijos de los rodajes, las anécdotas de personajes históricos, los recuerdos personales. Nos atrae la subjetividad y nos lleva a un conocimiento verdadero de la realidad, del mundo histórico. Ese subjetivismo que tantas veces criticamos no impide el acceso efectivo a la realidad. La experiencia vivida se convierte en algo vívido, un conocimiento más profundo. Y por eso los documentales no pegan de falsedad si recurren a la subjetividad como método narrativo. A veces pretendemos que la vida sea blanca o negra y nos parece que lo no verificable empíricamente no es válido. 

El documental The thin blue line de Errol Morris será escándalo para muchos. Se narra un crimen desde distintas personas. Una especie de adaptación de Rashomon al cine de no ficción. El crimen sucedió. Hay un hombre muerto, un condenado, un absuelto, un juicio, varios testigos, una resolución. Pero quizás la resolución no sea justa, no responda a lo realmente sucedido. The thin blue line nos muestra la posible recreación del hecho desde las distintas versiones de los implicados. No ofrece una conclusión diáfana, no parece haberla. ¿Pero es menos real? Sabemos que la recreación no nos está mostrando la realidad misma, pero si abre horizontes a ese hecho. Ahora conocemos el caso, no por lo que recogieran los periódicos, ni por la sentencia judicial. Conocemos el caso de verdad, porque nos lo han contado los propios implicados.


También las experiencias vividas nos ayudan a conocer sucesos más generales, no necesariamente un caso en concreto. Intimate stranger es un documental sobre Joseph Cassuto, el abuelo del creador, Alan Berliner. Berliner recoge el material de la autobiografía inacabada de Cassuto para reconstruir su vida y comprender mejor su familia, sus orígenes. Cuando ese material ya no le da más pistar, acude a los testimonios de quienes conocieron a su abuelo, a archivos de sucesos históricos. Conocemos a su abuelo, casi en más profundidad que a nuestros propios abuelos, pero también alcanzamos a conocer otros muchos hechos: el éxodo sefardí, la Segunda Guerra Mundial, la cultura japonesa... Desde la experiencia de una persona llegamos a la comprensión de un periodo histórico amplio. Gracias a la subjetividad hacemos nuestros esos hallazgos intelectuales. Y no por dejar de ofrecer un amplio contexto histórico lleno de datos objetivos y empíricos podemos decir que aquello es falso o manipulador de la realidad. Desde esa subjetividad tenemos la tranquilidad de que no hay ningún intento manipulador o engañoso, solo la visión de alguien que vivió aquello.

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